top of page

Cuando el cigarro aún olía a ti

María Fernanda Sánchez García

Extraño… Cuántas cosas extraño. Para empezar, el amargo olor a cigarro, ese que se mete sin permiso en las narices hasta anidarse en la cabeza y quedarse un buen rato, hasta que a uno le duele y le irrita.

Deseo tanto olerlo, olerlo hasta que se me irriten los ojos, hasta que tosa y ya no pueda respirar. Solo así estaría mucho rato con mi querido abuelo. Correría a abrazarlo como siempre, sin importar el amargo olor a cigarro. Sin importar que se me quedara en la ropa, que me impregnara la piel, con el profundo deseo de que ese olor tan amargo se me anidara en los recuerdos.

La llovizna de junio —la que tú tanto amabas— ahora solo huele a tierra mojada. A esa tierra ingrata que ya no tiene tu sombra. A esa tierra que te cubrió con prisa, sin consultarnos.

En cada llovizna, abuelo, te busco. No en los rezos ni en las flores, sino en el aire. Porque quiero encontrarte ahí, en una bocanada tibia que raspe la garganta, que me saque lágrimas, que me dé, aunque sea, una última tos de tu presencia.


¿Por qué, abuelo?

¿Por qué te conectaron esa máscara de oxígeno?

¿Por qué decías que veías serpientes en el cielo, y que la Virgen las quitaba con su manto?

¿Y por qué, si siempre fuiste tan fuerte, temblaban tus manos como las de un niño cuando decías que no querías dormir solo?


No sé si fue el cáncer, el miedo o el cansancio del alma.

Solo sé que desde que no estás, la casa es otra. Tu silla ya no cruje, y nadie me ha vuelto a llamar “Barbera” como tú lo hacías. Se apagó el radio, se acabó la lotería, y hasta el café tiene otro sabor.

En el funeral, hasta frío me dio. No podía soportar la pena que arrastraba. Tanto dolor y tanta calma en un solo ser.

No alcanzaba a figurarme tan desgarradora escena: la misa, el incienso, las voces que leían sin saber a quién despedían. Las flores no olían a esperanza, sino a punto final.


Y yo ahí, parada frente a esa caja. Esa caja que nunca fuiste tú.


Entonces lo grité por dentro, con una rabia de niña que no entiende:

—No, abuelo…

¿Por qué te metieron a esa caja?

¿Por qué estás ahí dentro?

¿Por qué, abuelo, ya no hueles a cigarro?

Salte… yo te saco.

Esa caja va a asfixiarte.

Si quieres, fuma mientras el padre dice tu misa…

Nadie va a regañarte.

Yo te cuido. Yo te espero.

Y nadie me oyó.


Ni un santo, ni un espanto, ni una señal del cielo. Solo ese café frío y el eco de un grito que aún tengo atorado en la garganta. Ese grito, abuelo, que a veces me despierta de noche, buscando ese olor en las paredes, en las cortinas, en cualquier rincón donde se escondió la felicidad.

Dicen que las almas que vagan por las noches dejan señales. Y yo quiero creer que cuando huele a cigarro después de la lluvia, eres tú. Que cuando el aire helado se cuela por las rendijas y levanta la neblina, eres tú abriendo la puerta. Que no eres ni un santo ni un espanto, sino la ausencia que se niega a irse.

Si alguien pregunta por ti, les diré que todavía andas por aquí. Que sigues visitando los lugares donde reímos. Que aún levantas la neblina con tu paso, y que mi alma te busca como quien busca la última brasa en una madrugada helada.

Y aunque la tierra mojada ya no huele a cigarro… yo seguiré buscándote ahí. En ese olor amargo que aún me abraza como tú lo hacías. Aunque ya no estés.


LOGO - PRIMERA SEMILLA (1)_edited_edited
  • Trapos
  • Instagram
  • Facebook

@primera_semilla

bottom of page