
El amor de una amapola marchita
Venus
La noche, aquella que protegía a los demonios de sus depredadores, de sus verdugos que con empeño los eliminaban sin piedad alguna, ahora mismo se encontraba ocupada viendo nacer algo inesperado y posiblemente marchito. La luna era su cómplice y las estrellas sus testigos del amor que nacía del odio, de ambos demonios; ella, con una belleza fuera de este mundo, pecadora y profana, con su cabello largo y en ondas oscuras decoradas por amapolas tan rojas como la sangre que pintaba su cuerpo entero; él, con miles de marcas en el alma, con la oscuridad acechándolo y sus ojos verdes como brillantes esmeraldas. Una aceptaba quién era, aceptaba su pecado, su oscuridad que la envolvía y el demonio que habitaba en ella; el otro lo negaba, lo escondía y reprimía en lo más profundo de su ser, permitía que la luz en él predominara y así ser el verdugo de tales demonios que tanto odiaba.
—Franz... yo...
—¿Crees que habrá alguna manera de ser eternos en otra vida?
En los ojos de ambos se encontraba más que una simple historia; era una verdad que ninguno podía negar, que jamás podría extinguirse ni marchitarse como el efímero amor que hubo en ambos en algún pasado seco y desfallecido. Incluso el rugido de los dragones confirmaba lo inevitable, lo que se creía quemado por la llama ardiente del odio y el rencor.
Todo comenzó en una noche igual a esta, igual de helada, igual de oscura e igual de solitaria. Ni siquiera el ruido de los grillos era suficiente para acallar el ser de fuego que habitaba en Franz. El odio recorría cada vena de su cuerpo; cada fibra que representaba su ser más oscuro aclamaba por una venganza hecha de la repulsión, de la muerte y de algo más de lo cual aún no era consciente. Lo único que lograba apaciguar a ese ser sediento de sangre era si mataba. Ese era su castigo, convertirse en asesino, uno de su propia especie, una que odiaba y resentía. Deambulaba por las calles sinuosas de Nova, el lugar que hizo suyo y que le permitía olvidar un pasado siniestro y lleno de un dolor resiliente, en busca de alguna presa que cazar, y justo como si se tratase del destino más que de una casualidad apenas escrita, aquel demonio aparecía frente a él.
—Odile, ¿no deberías estar en la Noxmera?
Para él era difícil no admirar a Odile, una hija de Lilith, un demonio, una criatura nacida de la noche eterna. Sus ondas azabaches, sus ojos del color de la plata, su tez acaramelada y esa boca de cereza hipnotizaban a cualquier ser; su belleza era más que etérea; la consideraba profana, irreal, casi como la de un vampiro sediento de sangre.
—Franz, ¿cierto?
Las batallas entre ambos parecían ser eternas; ninguno quería ceder ante el otro. No importaban las heridas punzantes y graves que decoraban las pieles de ambos; aquellas batallas que formaron parte de su rutina desde aquel día duraban hasta que el dios Apolo permitía que los primeros resplandores dorados tocaran Nova.
Franz desconoce el momento exacto en que todo cambió en su dinámica. Tal vez fue aquella vez que Odile, en espera de él, se encontraba rodeada de libélulas, con los rayos plateados acariciando su tez caramelo y aquellos ojos flamantes como estrellas, o aquella otra cuando la escuchó reír al verlo caer al abismo de la Tierra donde los ríos lloran fuego y, mientras él caía, solo pensó en lo que aquella risa podía derrumbar dentro de él. No importaba el momento; había tantos en su memoria, igual de bellos y a su vez lacerantes, que ahora es difícil para él saber cuál de todos ellos es el correcto. Sin embargo, sí que recuerda lo que comenzó a sentir con cada encuentro, cómo su alma marchita ardía cada vez que la miraba, cada vez que se sentenciaba con un beso producto de alguna ilusión, un toque efímero o el mero deseo que incendiase su cuerpo al imaginar cómo ella lo haría suyo, parte de ella, parte de algo que se había negado durante tanto tiempo.
Él se negó a seguir con sus combates como todas las noches y, para su sorpresa, Odile lo acompañó en su decisión. Ambos permanecían juntos, con el chirrido de las libélulas como su única fuente de sonido; la Luna y las estrellas eran sus cómplices, mientras la diosa Artemisa espiaba con un anhelo escondido en su pobre corazón.
Fueron días donde Franz percibía cada palabra, sonido y gesto que producía Odile, y ella, ajena a la mirada que le dirigía con gran ímpetu aquel demonio poseyente de una luz centelleante como el gran astro Rey, hablaría sin parar de lo bello que le resultaba Noxmera, aquel Reino donde ella habitaba, donde todos los demonios habitaban. Un reino donde la noche es la dueña del alma. Ella le platicaría de su sueño, de dejar esta Tierra para convertirse en algo mucho más grande, pero siempre que Franz le preguntaba el qué, Odile simplemente sonreiría y dejaría que el silencio fuese su respuesta.
Si Franz hubiese sabido antes que aquel silencio sería el último que compartirían en armonía, habría disfrutado más de la noche, del olor a violetas que desprendía Odile, del suave susurro de su corazón, de aquellos ojos plateados y centelleantes como cometas en el finito Universo, de su boca de cereza o del dulce sonido de su voz; tal vez debió pintarla en un lienzo, cada detalle, hasta el más mínimo, porque los recuerdos no serían suficientes. No debió traicionarla, él lo sabía, pero al pensar que ella lo había hecho, que ella mataría a todo ser, que se convertiría en lo que tanto había buscado erradicar, simplemente no pudo ignorarlo. El amor... su amor no fue suficiente para ambos, para ella.
—Si te beso ahora, sería mi forma de permanecer en tus labios, pero sé que un beso no bastaría para impregnarme en cada fibra de tu cuerpo, de tu alma y de tu memoria.
Odile se desvaneció con aquellas palabras junto al céfiro que los envolvió de repente; su pobre alma se convertía en retazos de memorias, en amapolas tan rojas como la sangre, las cuales danzaban junto a la ventolina helada antes de ser nada más que cenizas.
Una libélula salió del lago cristalino donde su batalla había culminado, voló de las fulgurantes aguas y se posó en su nariz, como si le diese una pequeña caricia, una que apenas recordaba, y entendió que Odile no sería eterna, que su recuerdo comenzaría a esfumarse y que aquella caricia no bastaría para tenerla toda una vida.