
Fragmentos de eternidad
Lorilei Parra
Para Martha M.
Era de noche, y las estrellas se reflejaban en la fastuosidad del firmamento. Latía se encontraba en su refugio favorito: un lago al que solía ir con frecuencia, buscando sentido y respuestas a su vida, la cual últimamente se permeaba con amplios destellos de vacío. En medio de una ciudad sumida en el caos y sin un rincón verde, ese lago resplandecía ante sus ojos, como un faro de calma y serenidad. Siempre que visitaba ese lugar, observaba a unos seres extraños que surcaban la superficie del agua. A veces, la superficie era tranquila; otras, turbulenta, pero esos seres siempre parecían moverse con elegancia, dibujando figuras estelares sobre el agua. Sus cuerpos brillaban con colores que emulaban la refracción de los rayos de luz que entran en las gotas de agua. Cada vez que se acercaban a la orilla del lago, Latía se maravillaba ante su belleza; quería llamar su atención de alguna manera, así que les ofrecía polvo de estrellas. Un polvo que, con los días, se iba desvaneciendo en brillo y cantidad. Un día, el ser de color del arcoíris se acercó, atraído por el polvo estelar que Latía le ofrecía. Al tomar este polvo, notó que ella estaba llorando. Con una mirada tierna, se posó junto a ella y le preguntó qué le sucedía, qué pensamientos la atormentaban. "Todo y nada", respondió Latía, entre sollozos. Sé que debería vaciar mi mente, no pensar, pero mis sentimientos controlan cada parte de mi cuerpo. La tristeza me invade... No entiendo la vida ni la muerte. Le tengo miedo al amor… Lo único que me queda es este polvo de estrellas, que aparece con cada lágrima que derraman mis ojos.
El ser la miró con compasión y, sin decir alguna palabra, se recostó sobre su regazo. Sus ojos brillaban con una suavidad infinita. "Cuéntame qué ha sucedido en tu vida", le dijo, "para que te sientas de esta manera". Latía suspiró profundamente, y comenzó a hablar con voz baja, como si reviviera un dolor antiguo: "Conocí a un demiurgo..." "¿Un demiurgo?", interrumpió el ser, curioso. "Sí…", continuó… Un día, arrastrada por la ira de un amor no correspondido, caminaba por un sendero iluminado por luciérnagas; el aire estaba impregnado por una melodía clásica que venía de lejos. Vi a una orquesta, a la luz de la luna, tocando una sinfonía que acariciaba mis oídos. Fue entonces cuando lo vi: un hombre alto, de porte elegante; su vestimenta era impecable, pero con un toque excéntrico. Me distraje un momento, admirando su presencia, y al volver la mirada a la orquesta, la melodía seguía envolviendo mis sentidos. En ese instante, el hombre se acercó y, en una lengua ancestral, me dijo algo que resonó en lo más profundo de mi ser: 'Nos conocemos de una vida pasada'. Sus ojos, tan cercanos y al mismo tiempo tan lejanos, me hablaron en silencio; él había sido el amor de otro tiempo y espacio, un destino entretejido a su suerte.
Latía cerró los ojos por un momento; recordaba que él había sido un general alemán, y yo una simple bibliotecaria que le prestaba libros para distraer su mente de la guerra. Lo reconocí al instante, y sentí un estremecimiento. Esa conexión me arrastró, sumiéndome en una marejada de emociones. Me perdí en sus abrazos y en la fuerza de sus besos; buscaba el vasto universo, pero... jamás lo encontré. La historia continuó hasta que le revelé que estaba embarazada. Los meses pasaron, y una niña preciosa llegó a mi vida. Una noche, sin darme cuenta, él la tomó, la arropó en una manta morada y se fue. Cuando lo confronté, me dijo que la había lanzado al lago, dejándola a merced de la corriente. Busqué a mi hija con desesperación, pero jamás la encontré. Tenía un presentimiento, pero nunca me di cuenta de que él se dedicaba a matar estrellas, que no soportaba la luz y que se refugiaba en un mundo que oscurecía las mentes, tal como lo hacían los demiurgos. —Latía hizo una pausa, su respiración se detuvo por un instante, como si el peso del recuerdo le aplastara el alma. El demiurgo gozó mi sufrimiento… Y ahora, lo único que tengo es este polvo de estrellas, que siento que desaparece poco a poco… El ser marino se conmovió y la miró con una tristeza silenciosa. —Debes aceptar lo que has perdido —le dijo con firmeza. Debes encontrar la paz en el dolor, aceptar tu camino. Tienes que sumergirte profundamente en el lago de tu alma y encontrar la armonía en el vaivén de tus emociones. Con una mirada esperanzada, el ser le dijo: "En este lago puedes explorar las aguas de tu espiritualidad". Existe una verdad oculta que solo podrás descubrir si dejas el miedo y la tristeza atrás… "Ven conmigo y descubrirás que el camino de tu alma es un refugio de sabiduría, alegría y eternidad."