top of page

Las flores tienen memoria

Lesly Barbosa Sánchez

Te conocí un día de marzo, fuiste un sueño de primavera. Nos vi surgir entre flores y el comienzo de una nueva estación; el calor del mes nos envolvió en un tierno abrazo que, por desgracia, se marchitó muy pronto. ¿Qué nos faltó?, ¿qué astro conspiró en contra nuestra y de aquello que apenas se formaba? Les conté a las margaritas sobre ti; les hablé a las rosas sobre tus manos, ásperas de tanto trabajar, y cómo me acariciaban al estar arropada entre tus brazos. En una voz más baja susurré a las clavelinas: “Prometió cuidarme como a su más grande tesoro”. Aquellas flores que en un principio fueron testigo de lo que venía, murieron en solidaridad con mi sentir.

Ahora vivo en una ciudad que grita tu nombre. Los edificios que construiste ahora parecen hablarme cuando camino por la banqueta intentando ignorar las escenas proyectadas en mi cabeza, en las que la nostalgia me sacude y me pide ir más despacio, porque el eco de tu voz aparece y el tacto imaginario de tu mano recorre de pronto mi piel. Los restaurantes, jardines, pasillos e incluso el transporte público me devuelven al ayer; si volteo rápidamente, puedo vernos sentados en esa jardinera con las hojas rebosantes cubriéndonos del sol, bajando abrazados las escaleras eléctricas mientras besas mi frente o besándonos detrás de la estación del metro en la que siempre nos veíamos los viernes por la tarde.

¿Cómo podré olvidarte si los mejores recuerdos que tengo aquí, los creamos juntos?

Sé que si vuelvo a esos espacios, la tristeza que ahora siento se intensificará, nublando mi vista y el buen juicio que he intentado mantener desde que me fui. Es ese mismo sentimiento el que me ahoga por las noches, cuando viajo a un pasado inexistente. Si cierro mis ojos, recuerdo los tuyos, coloreados de un café claro bajo los rayos de luz, y esa media sonrisa dibujada por tus labios: el rostro enternecido que ponías cuando me mirabas al estar recostada sobre tu pecho. La calma que nos habitaba me permitía escuchar tu corazón; sus latidos serenos se volvieron mi melodía favorita; y fue esa última tarde, ahí acurrucada entre tus brazos, donde sentí el cobijo que ni en mi propio hogar percibo. Fuiste un refugio temporal del que se me obligó partir antes de terminar la tormenta… Silencio. Lo único que escucho ahora es el ritmo de mi propio corazón.

No sé si estoy lista para decirte que ya me cansé de llorar. Siento que te veo en todos lados, en sueños, en pesadillas, en el lugar vacío de mi cama; te has vuelto un fantasma del que no puedo huir fácilmente, uno que temo siempre me acompañará, pues las primeras veces no se olvidan nunca, y a tu lado, hubo muchas. Esta tarde lloro por lo que pudo ser y no fue; me lamento todos los días desde entonces por salir corriendo siempre de lugares que no quiero dejar. Te lo juro, lo último que quería era terminar lo que teníamos. 

¿Realmente pudimos haber sido más que un “adiós”?

Supongo que hay un bien en dejar ir, en despedirse de lo que duele y lastima. La nostalgia es traicionera, porque me hace ver amor donde no lo hubo; se vuelve un sentimiento confuso de bienestar y culpabilidad al que no puedo negarme, sino entregarme. Es curioso cómo esa misma sensación de añoranza engaña y vuelve tu ausencia un vacío, sinónimo de recuerdos, de risas y experiencias que ahora forman parte de mi pasado. Al parecer, la tristeza no es tan mala; acompaña mientras nos reconstruimos tras el paso del desastre.

Hoy, solo las flores saben cuánto te quise, y como yo, tienen memoria. Tal vez la próxima temporada, cuando vuelvan a brotar llenas de vida, ya no recordaremos esto; nuevas memorias ocuparán el lugar de las que ahora nos hieren, resignificaremos los lugares que alguna vez hicimos “nuestros” y, quién sabe, a lo mejor nuevas personas llegarán para tomar el lugar del otro en un intento por, finalmente, olvidarnos.


LOGO - PRIMERA SEMILLA (1)_edited_edited
  • Trapos
  • Instagram
  • Facebook

@primera_semilla

bottom of page