
Lluvia
Jessica Alvarado Cuevas
Estoy convencida de que las cosas van mejorando. Es solo que esta tarde comenzó a llover. Parece que nos alcanzó la época de lluvias.
Mientras escucho el golpeteo de las gotas contra el techo, las preguntas se me amontonan dentro. ¿Dónde estás en este momento? ¿Llevas contigo una sombrilla? ¿O te ha tomado por sorpresa y ahora vas por ahí con la ropa empapada? ¿Hay una posibilidad, aunque mínima, de que, como yo, veas las gotas caer desde la ventana de una habitación en penumbras?
Probablemente te encuentras en un laboratorio iluminado y pulcro, inmerso en observaciones microscópicas, y no te enterarás de esta llovizna sino hasta muchas horas después. Entonces no le darás ninguna importancia.
Déjame contarte que, en una esquina de esta habitación oscura, se encuentra mi viejo escritorio de madera cubierto de papeles amontonados. Pero te aseguro que no se trata solo de desorden; todos estos papeles representan mi trabajo, mis idas y venidas, y mis contemplaciones durante los últimos meses. Ahí guardo ejercicios, entregas, apuntes, lecturas, notas al pie… quizá también, por error, haya alguna factura que ya no sirva. En fin. Entre todos estos papeles tan míos, hay una hoja extraviada escrita por ti, que guarda tus palabras.
Hidróxidos… ácidos… mezclas… iones…
Esas palabras que tú amas y comprendes, pero que a mí aquí, huérfanas, no me dicen nada. Palabras vacías.
Es un resumen de química. Te dije tantas veces que odiaba esa materia, ¿recuerdas? Hace mucho tiempo que me deshice indolentemente de todos mis cuadernos escolares y vendí mi material de laboratorio a muy buen precio. Juré que era un adiós definitivo. Pero mírame ahora, atesorando este pedazo de papel arrugado.
Porque si no lo hago, un día me preguntaré si de verdad una vez mi vida rozó la tuya. Sí, de verdad miré tu silueta y no solo la imaginé. Y entonces, todos esos momentos se hundirán en un pasado nebuloso y escurridizo, semejante a un sueño del que ya he despertado.
Por eso necesito sostener esta memoria.
En aquellos días no llovía. Hacía, más bien, un calor espantoso: los ventiladores permanecían encendidos, la gente agitaba impacientemente los abanicos y todos nos limpiábamos una y otra vez el sudor del rostro. No hacía falta cargar suéteres ni sombrillas. La lluvia no pertenecía al mundo en el que nuestras miradas se encontraron. Jamás perteneció al espacio que habitó, frágilmente, la palabra <<nosotros>>. Ahora, al ver las gotas estallar contra el suelo, lo comprendo.
Aun así, algunas noches, de regreso a casa, me sorprendo buscando tu semblante entre vendedores, transeúntes y la gente cansada que anhela llegar a casa.
Es inútil. Jamás voy a encontrarte de nuevo. Ni siquiera si logro distinguir tu rostro entre la multitud.
Porque solo existes como yo te leí. Porque llené tus silencios y tus partidas, todos los vacíos con los que me dejabas, con partes mías. ―Dime, ¿quién de nosotros dos fue más cruel? ―.
Ahora que te has ido, tu voz se perderá entre las horas, las gotas de lluvia, las calles agitadas, y. Solo este papel enigmático me unirá a los momentos que irán desapareciendo.
Todo mejora, estoy segura. Es solo que hoy esta lluvia me habla en secreto de las cosas que se pierden en el camino.
Pero mañana dejará de llover.