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No me despierten

Marina Katha

“No quiero despertar”, pero en la otra habitación mi padre busca en el ropero su uniforme de trabajo. “No la despiertes”, le dice mi madre y luego él se dirige al baño. Sus pisadas suenan igual que el frotar las manos en invierno. El rechinido de la puerta. Minutos de silencio… pero no puedo volver a dormir, así que ahora distingo el chillido de la regadera, luego el chorro de agua salpicando el suelo.

Aún no puedo dormir. Y ahora mi madre también se ha levantado. Entra en mi habitación y yo reconozco sus pisadas; las de ella son como el frotar la piel contra las sábanas. La siento cerca de mí, en la cabecera. Se inclina del lado contrario y escucho golpear el metal del cargador contra el contacto sin placa. El crujir de la separación, el zumbido de la energía interrumpida. Todo lo percibo, aunque todavía no quiero abrir los ojos. Si los abro ahora, mi madre se avergonzará de llevarse mi cargador a escondidas. Me preguntará: “¿Qué haces despierta?”, y culpará a mi padre por hacer ruido. Esta vez dejaré que se lo lleve. Cuando se vaya, abriré los ojos. Ya no puedo seguir durmiendo.

De nuevo el frotar la piel contra las sábanas, el chillido, el salpicar se detiene, el rechinar, el frotar las manos en invierno. Ahora escucho a mi padre vestirse y a mi madre caminar a la cocina. Cuando el frotar se aleja, abro los ojos.

Y me encuentro en mi habitación. En el departamento que mi madre rentó mientras estudió la universidad. Mi única compañía real es el gato, que me mira desconcertado en una esquina. Me cuesta recordar que mis padres no viven aquí; de hecho, están separados desde hace cinco años. Con la mirada en el techo recuerdo esto y una emoción parpadea en el pecho: estoy sola. Pero juro que los escuché.


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