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Quisiera haber ido a verte bailar

Itandehui Cruz

Antonia siempre ha preferido evitar las multitudes y los trayectos demasiado largos, de modo que cuando tiene que elegir entre salir de casa y quedarse, elige lo segundo. Después de todo, siempre tenía algo con lo cual estar ocupada en casa. De modo que cuando le llegaban aquellos mensajes e invitaciones a salir, a reunirse con todos ellos, a bailar o ver algún espectáculo, ella simplemente no iba.

―Lo voy a pensar, voy a checar mi agenda, voy a hacer todo lo posible por ir ―eran algunas de sus respuestas preferidas a todos esos eventos, pero nunca iba, ni siquiera cuando él se lo pedía.

Habían coincidido en la escuela secundaria y a ella la habían cautivado sus ojos negros. Él era muy seguro de sí, imponía presencia en cuanto llegaba, pero no se aprovechaba de ello, no infundía temor ni se burlaba de otros. “Damita”, le decía a Antonia de cariño. Damita, con esa sonrisa que iluminaba su piel de caoba. Damita, era a quien estaba dirigido ese mensaje en la libreta de recuerdo del último año.

Antonia soñaba con el momento en el que reuniera el valor suficiente como para aceptar alguna de sus invitaciones, pero eso no ocurrió; él desapareció de pronto, sin previo aviso, se hizo uno con el cosmos y el valor para salir con él que había ido reuniendo Antonia le explotó en la cara.

El funeral fue en su casa, tan cerca de la de Antonia y aun así nunca había ido hacia allá. Esta vez tampoco llegó; se detuvo a un par de casas, viendo la puerta abierta y a la gente dentro; se sintió ajena; la única persona que le había interesado ver ya no estaba ahí. No quería enfrentarse a las paredes llenas de fotos de la infancia de él, a sus padres con los rasgos que no volvería a ver repartidos entre ellos dos; no iba a soportar ver a los demás compañeros de la secundaria y saber que él no iba a llegar a llamarla Damita y hacerla dar una vuelta para iniciar un par de pasos de baile.

Después de pensarlo un poco más, dio la media vuelta y se alejó de aquella casa tan cercana a la suya a la que nunca había ido antes. Olvidó cómo llegar a propósito; no fue muy difícil, el dolor es un buen diluyente. Mientras caminaba alejándose, se enfrentó a la certeza helada de que no iba a poder volver a encontrarlo nunca más entre las calles; tampoco volvería a llegar ningún mensaje invitándola a las reuniones a las que nunca fue, ni volvería a ver sus ojos negros.

A Antonia no le gustan las multitudes ni los trayectos demasiado largos, pero ahora trata de estar presente la mayoría de las veces, cuando alguien la llama, marca las salidas en su agenda y son más las veces que va que las que se queda en casa, aunque siempre haya algo pendiente que hacer.

Sucedió una sola vez, un día cualquiera, al salir de la tienda haciendo la despensa. Ese día no estaba pensando en él, pero en cuanto vio aquella silueta estilizada, alta y de cabello largo, su corazón se detuvo por una fracción de segundo y Antonia volvió a sentir la culpa de todas las oportunidades que había perdido, la culpa que la impulsaba y que tantas oportunidades le había dado y, como siempre que pensaba en él, deseó haber podido ser valiente por cualquier otro motivo que no implicara haberlo perdido.


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