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Te quiero, casita, y te lloro adioses

Yareny Pérez Ibarra

Te quiero, casita, y te lloro adioses.


Te lloro adioses a la cocina que fue cabaña;

a la mesa larga de madera,

a las sillas disparejas,

a las azules,

a las negras,

a las de patas chuecas.

Donde me senté y hubo comida generosa; 

las palomitas de orégano,

los chilaquiles de salsa de botella,

el sushi de gualmart,

y los caldos de pollo.


El gabinete pintado varias veces de blanco,

con tapas y tuppers olvidados. 

La luz amarilla y la ventana al patio.

Los días de lluvia, las goteras y los charcos.

Algunas veces hicimos barcos de papel

que navegaron

entre las grietas del piso rojo, 

y las palas,

y las flores en verano.


El columpio que no tuvo cimiento 

y estuvo en el segundo piso.

Nunca pudimos impulsarnos de más

pero sí irnos.

Llegó aquí,

nadie lo ha sacado de la caja.

Me gustaría ahora.

Reposará bajo la sombra

de las floreadas jacarandas.


Te quiero, casita y te lloro adioses.


Te lloro adioses a los once años 

por la carta de amor que recibí un día en la primaria.

Leí a escondidas y aventé al excusado. 

Te lloro adioses a los doce. 

Cuando comí helado sola 

en mi fiesta de primera comunión, 

pues era la final de ascenso del equipo León. 

Perdieron.

Así me sentí también.


Te lloro adioses a la grabadora y al radio que sonaban desde el despertar en el baño.

A los locutores que por sus voces imaginé superguapos.

Te lloro adioses porque nunca vi fantasmas

ni escuché ruidos

porque nunca me sentí sola,

aún cuando había que estarlo.


Hoy te lloré varios adioses. 

Pero sé que llorar adioses es un continuo. 

Todavía no termino.


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