
Con todo mi cariño para Don Baltazar Gutiérrez y para toda su familia, sepan que como a él, siempre los llevo en mi corazón y que aún no me acostumbro al vacío que ha implicado no tenerles en mi Vida.
Conocí a ese señor con cierto temor,
serio, quizá enojado, duro,
era un Don casi mitológico,
pues no estaba habitualmente en casa de mi amiga,
quizá porque crecí en la época en la que el cuidado del hogar,
los hijos y el espacio familiar,
estaba completamente endosado a las mujeres.
A Doña Rosa la conocía más,
al principio me trataba con recelo,
pues desconfiaba de cualquier amistad de su hija,
pero poco a poco comencé a ganarme su confianza
y después, también su cariño.
No sé qué tipo de relación se gesta con los papás de una amiga,
pero estoy segura de que algún lazo se teje,
quizá se convierten en amigos raros postizos,
en papás adoptivos-prestados,
o en guías random que nos manda el Cosmos,
pero hay un vínculo raro que existe, que se crea sin intención.
Perder al papá de mi amiga ha sido difícil,
aunque menos difícil que perderla a ella,
pero más súbito y raro;
es una pérdida que no pude nombrar hasta ahora,
pues, ¿quién carajo me creo para sentir una pérdida que no me pertenece?,
un duelo al que no tengo derecho,
un vacío innombrable,
una ausencia que ni es ausencia.
Saberlo enfermo sin poder visitarlo: pérdida,
llorarlo en silencio
y rezarle sin fe católica, pero con el corazón presente: pérdida,
no poder decirle adiós,
no poder abrazar a mi amiga y a toda su familia: pérdida,
pero lo peor de perderlo,
fue no poder perderlo,
porque nunca lo tuve.
Doña Rosa,
mi amiga,
sus otros hijos, sus nietas y sus demás familiares,
son quienes tienen verdadero derecho a ese duelo.
Pero yo también lo perdí,
perdí a ese señor que admiraba a la distancia,
perdí a un hombre que me recordaba a mi padre,
perdí a ese señor a quien pude robarle sonrisas y consejos,
perdí a ese hombre que con sólo sentirlo cerca
sabía que nada malo podía pasarme,
perdí al padre de mi amiga,
que no fue nada mío, pero que lo llevo conmigo.
Todo este tiempo me he tragado el vacío de su ausencia,
pero haberlo soñado tres veces después de su partida,
me da la esperanza
de que quizá él también puede recordarme,
ojalá él sea libre de sentir esta pérdida.
¿Lo perdí?
Aimeé Miranda Montiel