
El aroma a carne molida cocida, hojas de laurel y pimienta inunda la cocina.
Mamá sirve de manera lenta. Teme regar algo de caldo sobre la mesa; odia limpiar líquidos. Dice que en lugar de limpiarse, solo se embarra todo.
Observo cómo el caldillo de jitomate cae sobre el plato hondo, cubriendo casi por completo las albóndigas. Después veo el limón partido en medio de la mesa. La boca se me hace agua al imaginar esa mezcla del caldo con lo ácido del limón.
Papá está sentado frente a mí. Sus manos se unen frente a la nariz mientras sus codos reposan sobre la mesa. Estira el cuello cada vez que mamá remueve el caldillo en la olla.
—Sóplale, porque está caliente —dice Mamá. Extiende el brazo con un plato en la mano y me lo acerca.
Lo agarro y lo dejo frente a mi lugar. El vapor llega hasta mi cara. Quema.
—Ay, demasiado caliente —digo. Estiro el tronco hacia el lado derecho, tomo una cuchara del posacubiertos y me enderezo.
Meto la cuchara en el caldillo. Muevo despacio; algunos pedazos de pulpa de jitomate salen a flote. Supongo que si se moliera un poco más, quedaría mejor.
Toco fondo con la cuchara y la saco con firmeza. Miro su contenido antes de llevarla a mi boca. En cuanto mis labios rozan la punta, siento cómo el calor atraviesa mi más mínimo nervio.
—¡Está hirviendo esta cosa!
Dejo caer la cuchara. El caldillo salpica fuera del plato.
Mamá ríe.
Con una servilleta limpio el desastre alrededor del plato. No pierdo de vista a mamá. Sus ojos se cierran e inclina la cabeza hacia atrás. Se ven sus dientes. Las carcajadas resuenan en la cocina vacía, como un eco. Creo que no es para tanto; sin embargo, me quedo callada. Hace mucho que no reía así.
Giro hacia papá. Él también la mira. Tiene los ojos entrecerrados y una sonrisa leve se dibuja en sus labios. Su mentón descansa sobre la palma izquierda y la cabeza ladea hacia mamá. Unos cuantos pelos grises salen de su pelona.
Desvío la mirada hacia la sala. Me detengo en la foto de un hombre. Observo cada detalle: la camisa azul, el cabello largo, de color gris, con las entradas bien marcadas. Y esa boca tan abierta. Seguro que reía al momento de tomarla.
Agacho la cabeza. Mis labios tiemblan. Los ojos se me cristalizan. En mi estómago se forma un nudo que sube hasta mi garganta.
Papá… también te extraño, pienso.
Sé que continúa con nosotras, de otra forma, pero está aquí. Mamá y yo aprendemos a vivir con su ausencia, sin saber que él siempre nos acompañará, aunque ya no esté ahí para sentarse en la misma esquina de la mesa.
Aprender a vivir
V. Bianarant