
He estado pensando en la muerte,
en cómo nadie nos enseña a recibirla.
Nos hablan del miedo, del fin, del abismo,
pero callan que también es parte del ciclo,
como el sol que cae detrás del mar,
como la flor que se despide en otoño.
Ya casi no lloro,
pero cuando lo hago,
llueve dentro de mí.
Y con cada lágrima,
brotan recuerdos dispersos,
siluetas del ayer
que creía enterradas.
Recuerdos que vuelven,
porque lo nuestro está muriendo.
Y sí, tal vez es cierto
eso que dicen en las películas:
cuando algo muere,
vienen los momentos más bellos,
como destellos,
a despedirse en silencio.
No estoy muriendo —al menos no del todo—,
pero se me muere lo que fuimos.
Se desvanece lo que construimos,
la persona que tú eras conmigo,
la que yo fui a tu lado.
Se apaga la promesa,
la ilusión encendida,
los sueños que dibujamos en el aire,
los pactos susurrados en noches quietas.
Y me pregunto,
¿en qué rincón nos perdimos?
Ya no busco la respuesta.
Hay preguntas que nacen para no tenerla.
Estoy aprendiendo a soltar,
a olvidar sin querer,
a seguir sin entender.
Pero el dolor…
el dolor no se va.
Se queda, suave y punzante,
como un hilo que no se corta.
Sí, me duele el corazón.
Como si algo lo devorara desde dentro,
lento, en silencio,
dejando solo sombra
donde antes hubo fuego.
¿A ti también te duele el corazón?
Yo camino con el mío entre las manos,
deshecho, temblando,
intentando unir pedazos con hilos invisibles.
Quisiera meterlo al congelador,
dejarlo ahí,
inmóvil, seguro,
sin latido, sin riesgo.
O comprarme uno nuevo,
inocente, sin historia,
capaz de volver a amar.
Aunque sé,
con la certeza de los que han amado de verdad,
que si eso pasa…
volverá a romperse mi corazón.
Corazón en la mano
El jardín de nadie