
En la penumbra de un hogar callado,
donde el eco de risas se ha desvanecido,
hay un rincón que guarda el pasado,
un susurro de amores que han partido.
El aroma a café, en la mañana,
se mezcla con el rocío que besa las flores.
Las tazas desgastadas, aún en la ventana,
son relicarios de abrazos y de dulces amores.
Ese sabor amargo que se mezcla con llanto
es el eco de voces que el viento ha llevado,
un murmullo suave, un canto quebranto
que en el alma resuena, aunque esté olvidado.
Un viejo sillón, con su tela gastada,
es testigo mudo de historias contadas,
donde el tiempo se sienta y la vida se queda:
en cada pliegue, una memoria queda.
Las huellas de lágrimas, en sus brazos de tela,
susurran secretos de amores perdidos,
de noches de abrazos, de promesas sinceras,
de un futuro soñado que nunca ha venido.
Las figuras de porcelana, en vitrinas brillantes,
muestran sonrisas congeladas, momentos de antaño;
cada una cuenta historias de días distantes,
de celebraciones compartidas, de amor y de daño.
Sus ojos de cerámica, llenos de dulzura,
reflejan la luz tenue de un hogar que se siente,
y aunque el polvo las cubra, hay una ternura
en cada figura que el tiempo no miente.
Y así, en cada objeto, una historia se asienta;
en cada rincón, una sombra se asoma.
Las ausencias son huellas que el corazón siente,
un diálogo eterno que nunca se toma.
El silencio es un amigo que se sienta a mi lado,
me abraza con fuerza, me envuelve en su manto;
y aunque el tiempo avance, su eco es sagrado,
pues en cada memoria, el amor se asombra.
La nostalgia es un río que fluye en silencio,
con aguas que arrastran lo que fue y no es;
pero en cada recuerdo, hay un nuevo comienzo,
en cada despedida, un “hasta luego”, tal vez.
Así, en la penumbra de un hogar callado,
las ausencias se visten de luces y sombras;
y aunque el tiempo avance, su eco es sagrado,
pues en cada memoria, el amor se asombra.
En cada rincón, un suspiro se queda;
en cada sombra, un abrazo perdido.
Y aunque el dolor duela, la vida se aferra
a las risas que fueron, al amor compartido.
Así, entre lágrimas y sonrisas lejanas,
en este hogar donde la ausencia se siente,
los recuerdos florecen como flores humanas,
y en cada latido, el amor es presente.
Pero el tiempo, ese ladrón que todo consume,
no puede borrar lo que en el alma se anida.
Las memorias son luces que nunca se asumen,
son faros que guían, son vida compartida.
Las historias que se cuentan, los ecos de antaño,
resuenan en la mente como un canto sagrado;
y aunque la ausencia pese y cause daño,
el amor que se siente nunca ha terminado.
Así, en la penumbra de un hogar callado,
donde el eco de risas aún se siente cercano,
las ausencias no son finales, son caminos trazados,
donde el amor persiste, donde el tiempo es humano.
Y en cada lágrima caída, en cada sonrisa,
hay una historia que florece, un amor que se aferra,
pues aunque la ausencia duela y el corazón se riza,
la vida sigue adelante, y el amor nunca cierra.
Ecos ausentes
AnaVa Hernández