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Las cartas, que durante el primer año de su partida llegaban a diario sin falta, un buen día lo dejaron de hacer. Los ríos que atravesaban el pequeño pueblo de La Soledad también se secaron y las fachadas se cubrieron de olvido. La vida que antes emanaba de la alameda los domingos se fue extinguiendo. Los hombres jóvenes y una que otra mujer, que lograba escaparse de su obligación doméstica, salían del pueblo para emprender el difícil camino de no retorno hacia “el otro lado”.

Hacía poco que Alina había dejado de esperar. Después de su regreso del psiquiátrico de Santa Catalina de Orozco, su familia la había convencido de que él jamás regresaría. “Porque —en palabras de su madre— nunca lo hacen”. El pueblo estaba acostumbrado a las despedidas, pero la mala costumbre de quedarse mirando a la calle desde la ventana ya se había vuelto un hábito para Alina. 

De día, deambulaba por las calles con la mirada perdida, disimulando su miseria detrás de una tenue sonrisa. Caminaba derecho por la calle de Los Almendros, donde alguna vez él la había esperado para escaparse juntos; daba vuelta a la izquierda en Los Cedros, donde se habían dado su primer beso, y de ahí, contaba los pasos hasta llegar a la mercería. Uno, dos, sus ojos resplandeciendo a la luz del sol; tres, cuatro, el último beso en la parada de autobús; cinco, seis: la oscuridad y las últimas palabras que ella había memorizado de él:

“Alina: 

He pensado mucho en nosotros, en nuestro amor y en todo lo que compartimos. Pero aferrarme a ti y a los sueños que alguna vez tuvimos se contrapone a la nueva vida que intento construir. Sería egoísta intentar retenerte con la esperanza de un futuro incierto que nunca llegará. Espero que entiendas mi decisión. 

Por siempre, 

Luis”

Inerte en medio de la calle, pasmada frente al vacío y con los ojos cristalinos de llanto, la encontró su hermana Amalia, quien la tomó del brazo y la condujo a su destino. La mercería de doña Laura era una parada cotidiana para Alina, quien compraba allí estambre, el único hilo capaz de sostenerle el alma e impedirle salir volando. 

“Verde, rosa, rojo…” —enlistaba para sí misma, como le había enseñado su terapeuta.

—Blanco —contestó, obligándose a regresar a la realidad. 

Blanco como el puño de la blusa de doña Laura; blanco como el cemento entre los mosaicos del suelo; blanco como el vestido que llevaba puesto el día que lo conoció y blanco como el helado favorito de Luis. 

Alina había dejado de dormir bien durante las noches. Las primeras veces probó todo tipo de remedios, pero nada funcionó. Pronto, dejó de intentarlo y sucumbió a las horas más oscuras de la noche, pues solo así lograba silenciarse y dedicarse a sus tejidos. Tejía como si su vida dependiera de ello, con ritmo y técnica impecables. Replicaba una y otra vez el único patrón que conocía. Manufacturaba muñecas de trapo, mismísimas réplicas de ella cuando era joven y él aún estaba aquí.

Esa noche, la lluvia la sorprendió. El ruido ensordecedor de los torrentes de agua contra los tejados encapsuló su casa en un espacio donde el tiempo se detuvo. Los fuertes golpes del agua contra las ventanas tumbaron las compuertas que resguardaban sus memorias. Su pensamiento no fluyó tan rápido como los efluvios que se derramaban a cántaros por sus mejillas. Los ríos empezaron a correr por las calles rellenando los surcos de tierra seca. 

Era la primera vez en años que no se sentía de piedra. Sintió el frío del agua que se colaba por debajo de la puerta. De un jalón, su estómago se liberó de la constricción que lo había sometido por años. El nivel del agua alcanzó su pecho y con fuerza oprimió su corazón como si alguien quisiera arrancárselo, y el nudo alojado en su garganta se cerró con vehemencia. 

Ya no se trataba de Luis ni del amor que de antaño compartieron; Alina estaba lista para dejarse morir y ponerle fin a su sufrimiento. La oscuridad de la noche reflejada en la salvaje marea la consumió. Negro como los zapatos de doña Laura; negro como el cabello de su bien amado; negro como el olvido y negro como el vestido de su propio funeral. 


El color de tu ausencia

Edith Díaz

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