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En lugar de responderla, pensé en la casa de mis abuelos maternos, en su retrato de juventud que da al segundo piso y en cómo me reconozco en sus sonrisas juveniles. Sé que cada persona habita distintas vidas, memorias y promesas, así como también las acoge. Digo “habitar” para cuando se está o se es de manera reiterada en una zona; como si la reincidencia fuese la autoridad dentro de un espacio. Aunque, si soy sincera, la reincidencia también nace a partir de una fuga, ausencia o angustia. Hay veces que una desea habitar un lugar en donde ya no está.

1. El jardín era una genealogía imposible de reconocer.

Quisiera retratar las sonrisas de mis abuelos paternos, pero no las conozco. Solo sé que no irradiaban la calma que por momentos promete la adultez. Las fotografías mentales que me quedaron fueron la queja de unos pulmones desgastados, un hombre despidiéndose sobre unas sábanas blancas y un rostro femenino consciente de no poder tolerar la ausencia pronosticada.  Con todo esto fue imposible reconocer la totalidad de mi árbol genealógico porque la mitad del que se me concede al nacer se marchitó.

2. La sala será el espejo de la que no soy.

Siguiendo los pasos de Sarah Manguso y otras autoras, la identidad e historia de mi madre fueron los primeros pretextos literarios que invoqué. Mamá nunca ha hablado directamente de la deuda histórica del sistema con las mujeres; sin embargo, la describe a la perfección en cada reunión cuando nos relata su novela favorita: “todo lo que se hace y parece no interesar por el hecho de hacerlo una mujer”. Con ella, el retrato de mi hogar cobra más sentido.

3. El estudio fue la imposibilidad de rememorar.

En los libreros de esa casa había enciclopedias, libros de Derecho y Medicina, colecciones literarias en ediciones bellas, pero no recuerdo algún objeto de remembranza más personal. Siempre he considerado que los libreros son los mejores escaparates para nuestras memorias, y aunque los libros también sean memorias, a veces también se requieren fotos, papeles, retazos de una vida pasada para entender la biblioteca personal. Entristezco al reconocer que mis abuelos maternos, al ser siempre tan apegados a las definiciones (como si algo no nos pudiera conducir a otra dirección de la pensada), se perdieron de ciertos placeres como honrar una vida juntos.

4. La escalera protegió a la promesa del retrato.

La zona de transición entre un piso y otro únicamente estaba decorada por un retrato. En él reboza la juventud de una pareja. Su historia es muy sencilla: Abuelo decidió regalarle a Abuela un retrato de pareja en su segundo aniversario de noviazgo. Lo hizo bajo el principio de imaginarse una vida al lado de ella. La promesa fue el regalo. Vuelvo mentalmente al retrato y sigo adorándole porque en el futuro de esa promesa comencé a vivir. Desafortunadamente, así como nunca llenaron de recuerdos los libreros, la promesa no tuvo la misma permanencia en esa casa que el retrato.

Mis abuelos me educaron en la cultura de la persistencia y en ella el cambio de camino no se considera. Hace años tomé una decisión y ante sus ojos actué diferente a este ideal; en cambio, yo me sentí persistente por primera vez en la historia. Salman Rushdie me contó en una novela que el hábito de adorar no se pierde fácilmente porque adoramos a partir de los defectos. En ese sentido, regreso al retrato como a mis abuelos. Adoro las sonrisas juveniles que tienen y la promesa que en un principio no consideró ser un sueño inconcluso.

¿Cuál fue el primer espacio que habité? El hogar al que parece que intento volver.  Entiendo a Pita Amor al proclamar: Yo soy mi casa. Porque las estancias de esa casa siguen en mí, pero también soy el paso transitorio, la resonancia de una promesa fracturada, los vestigios de una genealogía incompleta. Alguien que hace de lo fracturado algo viable para habitar.

Era una pregunta sencilla

Mariana de los Santos Bautista

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