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Para Cardy

Hay una mancha de mugre en la esquina de la pared. Para los invitados de esta noche, es solo un poco de suciedad que nadie limpió, quizá por falta de cuidado, tal vez por desidia. Uno de ellos mira la esquina con insistencia, finge que toma sorbos de vino, pero sé que de reojo levanta la mirada de la copa y echa un vistazo para asegurarse de que es cierto: hay una mancha de mugre en la pared y ninguno de nosotros, los anfitriones, tan quisquillosos que somos, se tomó la molestia de limpiarla. ¿Por qué lo haría? Me pregunto, en el silencio de mis pensamientos, mientras lo observo engullir la cena como si nada pasara; él no se atreve a pronunciar palabra, insiste en ocultar lo que piensa. Que en esta familia somos unos cochinos, que hemos sacudido los muebles, pulimos el piso y acomodamos el revistero, pero que ninguno de nosotros fue tan pulcro como para retirar esa mancha grasosa con forma circular que se quedó pegada en la esquina de la pared blanca, tan blanca como tus canas.

Nuestro invitado sabe de tu partida, mi pequeñita; mi padre se encargó de contárselo unas semanas después de que te fuiste. Yo me limité a sentir el abrazo que me ofreció cuando salí a recibirlo a la puerta. Le dije que sabía que no volvería a verte, tragué la saliva espesa que se acumuló en mi boca y contuve mis lágrimas. No me permito llorar tu ausencia en público porque no creo que alguien más pueda entenderla. Aunque quién sabe. Es posible que sea por esto que aún no he tenido la fuerza para limpiar la mancha gris que dejó tu pequeño hocico en la pared del comedor.

Tal vez lo único que he necesitado todo este tiempo es dejar salir el llanto, para que me ayude a disolver, con su sal y su humedad, esa marca triste que nos dejaste en esta que por tantos años fue tu casa.

Sé que apenas se vayan, los invitados no dudarán en juzgar, a nuestras espaldas, la que nombrarán la cochinada esa de bordes irregulares y pelusas, que vieron incrustada. Si quieres que hablen mal de ti, dicen por ahí, haz una fiesta; si quieres que hablen bien de ti, muérete. Podrán hablar lo que quieran, pero me rehúso a deshacerme de tu rastro.

Han pasado casi tres meses y te sigo imaginando ahí, pequeñita, con la nariz empinada en la pared, con tus densos ojitos brillantes —en los que juraba que podía ver el universo entero— mirándome fijamente, con tu trapo sucio entre las patas y tu platito de croquetas medio vacío. Aún puedo sentirte ahí, en esa esquina donde solo quedan vestigios. Una mancha que resulta ser el único recuerdo tangible de tu existencia, un último pedacito de ti, de lo que eras antes de convertirte en el carrusel de videos que repito una y otra vez todas las noches antes de dormir, en esa fotografía de nuestro viaje a Puebla, en tu camita que ahora no le pertenece a nadie; antes de convertirte en una cajita llena de cenizas junto a un florero al que traigo rosas, claveles y gerberas cada jueves, como en un eterno bucle al que no renuncio porque sé que sigues ahí: en ese último jueves de abril que te vi partir, en nuestros paseitos por el parque, en las charlas nocturnas que compartimos, en tu compañía afable durante la pandemia, en el cariño de tus patitas, en el calor de tu cuerpo chiquito y peludo, en mi memoria, y en esa mancha gris que dejaste en la pared como un relicario al que no tengo acceso pero tampoco necesidad de abrir.

La mancha

Frida Sánchez

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