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Papá ya no se sienta a la mesa conmigo y hay dos cosas terribles en esto: la mesa la compró él y también él fue quien decidió ya no sentarse a mi lado. Hace casi quince años mis padres se divorciaron y, aunque todos lo veíamos venir, nadie anticipaba que la separación implicaría un corte de lazos con quien él aseguraba que era el amor de su vida, es decir, conmigo, su hija.

He decidido escribir al respecto porque me parece que nadie nos prepara para afrontar el duelo de dejar de ser elegido por quien tomó la iniciativa de traernos al mundo; no hay manuales para superar que el amor que nos cobijaba de niños ha dejado de pertenecernos sin que tengamos culpa o responsabilidad en ello; no los hay porque tal vez nadie ha podido hacerlos; simplemente a los niños nos pasan esas cosas y nos volvemos adultos en el proceso.

Si yo tuviese que escribir un manual o cosa parecida, incluiría en mi índice puntos como: “¿Cómo aprender a verme en el espejo teniendo la nariz de mi padre?”, “Instructivo para no secar las lágrimas de mi madre y comenzar con las mías”, “Tres simples formas de entonarse canciones de cuna a uno mismo”, “Las partes de la casa después del divorcio”, “Pasos para comer sola en la mesa que compró mi padre”. Hasta ahora he pensado solo en esos, pero estoy segura de que seis de cada diez personas en nuestro país tienen cuando menos otros cinco, porque aunque no hay instructivos, todos los que lo vivimos lo aprendimos con la práctica.

Cuando papá y mamá se divorcian, los externos hacen un trabajo arduo y humano para que los niños piensen que las cosas seguirán igual; dicen en comuna que papá y mamá nos amarán incluso más que antes, que seguiremos siendo una familia aunque estemos en casas separadas, y los más optimistas nos motivan diciendo que tendremos dos regalos en Navidad y dos fiestas de cumpleaños, como si dos festejos tristes hicieran uno feliz. Mientras estos comentarios se reproducen en el aire como una mala canción, las víctimas de los desenamorados exploramos nuevas vivencias: dormir sin más cuentos de hadas, poner en la mesa un plato menos, afrontar el silencio del nuevo hogar, llorar sin lágrimas visibles, esperar por una visita semanal que ocurre mensualmente… Y la lista sigue, pero no quiero asustar o spoilear a los nuevos.

Hoy esto ya no es sobre mí, es sobre mi padre: un hombre divertido, valiente, protector, encantador e inteligente hasta antes del divorcio y exactamente igual después de él, pero ya no más conmigo. Esto es sobre un hombre que perdió a su pareja y abandonó al amor de su vida, tal vez porque no podía soportar ver su nariz en combinación con los ojos de alguien que ahora detestaba. Es también sobre las decisiones de los adultos en torno a sus sentimientos hacia nosotros, en las cuales no tenemos control aunque nos duela o nos hiera. Es sobre la despedida de mi padre, encontrándose de frente con mi saludo e ignorándolo para emprender su viaje. Esto es sobre mi padre, pero curiosamente también podría ser sobre el tuyo, sobre el de mi vecino, sobre el de mi mejor amiga y sobre el de cualquiera.

Ahora bien, si lo pensamos mejor, esto tampoco es sobre los padres porque ellos no perdieron nada, decidieron abandonarlo. Esto es sobre el 40% de la población en México, es sobre los 4 millones 180 mil hogares mexicanos donde no hubo o no hay más un papá, es sobre los niños de estas casas y cómo enseñaron a su corazón a amar aun sin tener un buen primer maestro. Es sobre los que representan un vivo retrato de la decisión de una madre. Es sobre aquellos que aprenden a amarrarse las agujetas solos. Sobre los que no saben a quién poner en su contacto de emergencia. Sobre las que dejamos de ser las princesas o los campeones de alguien. Es sobre un dolor invisible pero existente, en torno al cual se hacen chistes porque lo más normal es habitar solo bajo el amparo de una madre y, si hay suerte, bajo la protección de un padre. No escribo ya de mí, pero sí escribo de los que se me parecen, de aquellos que también viven con la nariz de su padre, con sus ojos o su boca; los que existimos con el constante recordatorio de ser parte de alguien que ya no es parte de nosotros o es parte apenas a medias (a veces menos que eso).

Sé que hay muchos allá afuera que llevan mi nombre y que aquí yo llevo el suyo; somos todos hijos del mismo sujeto: del abandono. Nadie nos ofreció una despedida decente, tampoco tuvimos un lugar para llorar lo perdido; hubo gente que inclusive pensó que no perdimos nada, pero sí lo hicimos. Y pese a lo anterior, con los años y el cariño robado o compartido de otras partes, sobrevivimos. Nos levantamos todos los días con una herida enorme que no nos permite abandonar a ninguna persona por más que lo merezca; vamos por ahí creyendo que el amor podrá salvar al mundo y a diario hacemos lo mejor posible para demostrar que merecemos ser elegidos. Vamos al psicólogo, pagamos las cuentas, trabajamos a diario, escribimos y resistimos; con todo y la nariz de nuestro padre, nos miramos al espejo y, frente a toda prueba biológica, nos declaramos mejores y diferentes, solo para que no nos confundan, para ir más o menos limpios ante el dolor, ante el rechazo y ante la adultez. Esto ya no es sobre mí, esto ya no es sobre ti, es sobre aquellos que tienen la nariz de su padre.

La nariz de mi padre

Atzin

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