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Ahí viene la Plaga, le gusta bailar, y cuando está rockanroleando, es la reina del lugar... El estéreo de papá había cambiado la pista. Esa me gusta, súbele. Papá le subió y corrió a la sala a mover los sofás y quitar la alfombra. Ven, ven. Los dos brincamos en la pista improvisada y comenzamos a darlo todo ante un público que se escondía dentro del estéreo. Mis calcetas resbalaban contra la fría cerámica, pero lograba seguirle el ritmo de reojo. Brazos a los costados, hombros arriba y abajo, pies oscilando en un vaivén rápido: derecha, izquierda, derecha, izquierda. Enrique Guzmán seguía cantando el segundo coro. Tenía dolor de caballo. Papá me giraba sobre mí misma y después me cargaba: mis 20 kilos no eran nada para él. Rápido me sujetaba del torso y me balanceaba sobre su costado derecho, luego el izquierdo, al centro. Yo volaba por los aires entre risas y dolor de caballo. Mi vestido amplio con encaje daba vueltas. Estaba alucinada. Más vueltas, papá, más vueltas. Mis jefes me dijeron: “Ya no bailes rock and roll”. Si te vemos con la Plaga, tu domingo se acabó”. Mamá llevaba un rato observándonos desde la ventana de servicio que conectaba la cocina con el comedor; traía el delantal puesto y algunos rizos desordenados le enmarcaban el rostro. Su lunar desaparecía en uno de los pocitos de su sonrisa. Se estaba riendo. Ese es el día más feliz que guardo en mi memoria. Ahí viene la Plaga, le gusta bailar, y cuando está rockanroleando, es la reina del lugar. Mi hermano, un bebé en puro pañal, se sujetaba del marco de la puerta giratoria que daba de la cocina a la sala; el alboroto había llamado su atención. Nos observaba con sus ojos grandes, negros y vidriosos. Emitía sonidos de aprobación mientras con sus piernas rollizas llevaba el ritmo; flexionaba las rodillas como solo los bebés que están aprendiendo a dar sus primeros pasos saben hacer. De pronto, papá me cargó y me llenó las mejillas de besos. Su bigote me picaba y me hacía cosquillas. Me sujeté a él de su costado y caminamos hasta ese bebé regordete que nos miraba, quien tomó la pierna de papá como taxi. Avanzamos como marsupiales hasta encontrarnos con mamá. Se dieron un beso y luego nos sirvieron spaghetti a la bolognesa. Los días eran buenos.

Entro a casa. Han pasado treinta años: el estéreo sigue intacto, empolvado, pero intacto. Aún hay luz, porque nunca dejamos de habitar el lugar, aunque fuimos y venimos. El recuerdo de unos niños que brincotean en la sala se posa sobre uno de los hoyuelos que le heredé a mamá. Papá, ¿por qué te fuiste? Me acerco a uno de los muebles y tomo el disco de Enrique Guzmán, conecto el estéreo. Ahí viene la Plaga, le gusta bailar, y cuando está rockanroleando, es la reina del lugar. Respiro hondo y saco de la bolsa un portarretratos: el señor de bigote me ve con la misma mirada sin envejecer de todos los días. También saco un tupper que contiene una rebanada de pastel y le coloco una velita. Hoy tengo tu edad, pa’. Pongo ambos objetos sobre la mesa del comedor, lo miro y prendo la velita. Te extraño, papá. Tomo aire, cierro los ojos y pido mi deseo.

La plaga

Alicia Carrasco Azcuaga

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