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Es un día atareado cuando decides reorganizar el armario. Las temporadas transcurren, la ropa te hace sudar y la pila de suéteres es casi tan grande como la de tus preocupaciones.

Saludas a tu papá en la sala como todos los días, y te pones manos a la obra: Los abrigos, los gorros, las bufandas y guantes, al cajón; las playeras y pantalones cortos, a la cama para ser doblados y acomodados. Quitas prenda tras prenda, piso tras piso de atuendos que no usarás en mucho tiempo.

Cuando todos tus cajones quedan vacíos, esbozas una sonrisa de alivio. Tu rostro luce rojizo y cansado, pero satisfecho. Pasas un trapo por los cajones para eliminar toda partícula de polvo. El trapo se trae algo consigo y tu mundo se viene abajo. Tus lágrimas aparecen tan rápido como mi confusión; te aferras al pedazo de tela en tus manos; es aferrado como si fuera tu salvavidas.

Miro al abuelo en la sala y se me revuelve el estómago. Es extraño, hace mucho que no llorabas así.

La tela es inofensiva, con un diseño a cuadros, como una muestra. Se ve desgastada; unos cuantos hilos comienzan a desprenderse de la pieza principal. Me atrevo a preguntarte por qué no lo dejas ir.

Pintas una imagen desgarradora en esa tela, llena de arrepentimientos, la sala de urgencias, la casa que tuviste que vaciar acompañada de tus hermanos y la última vez que hablaste con tu padre cara a cara.

Recuerdas que lo llamabas a diario, pero ya no ibas a su casa. Recuerdo que, en la totalidad de mi vida adulta, nunca le dirigí la palabra.

Me cuentas del sobre que recibiste hace meses con el último regalo que te dio. De cómo resolvería tus problemas, pero no es capaz de eliminar tu tristeza.

Entre lamentos admites que cambiarías cada peso, cada prenda y cada recuerdo por volverlo a ver.

Limpieza profunda

Ele Martínez

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