
Mi bisabuela se llama Matiana. Vive sola en una casita de madera de dos piezas, dormitorio y cocina, a la orilla de un lindero de tierra. El verde le rodea completamente, un verde vibrante casi de película. Cada que la visito, juego a hacer pasteles con la tierra y las plantas frente a la casita. Me ensucio, me río, nos reímos juntas; me cuenta cosas sobre aquella y tal hierba. Yo le veo las manos, fascinada, en vez del rostro: manos grandes, gorditas, llenas de pecas y delicadas, morenas y tan, tan amorosas.
Para mi mamá es su abuelita Matiana. La que siempre tenía tortillas recién hechas y huevos para regalarles porque sabía que su hijo tenía la mala maña de gastarse lo que salía del campo (trabajado por su pelotón de niños cuyas once bocas siempre tienen hambre) en aguardiente barato. La abuelita que le enseñó a bordar y le convidaba un taco en cada visita o, mejor aún, le daba para un pirulí o un rompemuelas o un boli.
Mi tía Carmelita cuenta llorando cómo estuvo a punto de convertirse en su mamá Matiana. Porque mi tía era una niña "terca y tosca" que tenía más fuerza que el resto de sus hermanos y, por tanto, dejó de jugar con ellos cuando lastimó por accidente a una de las niñas y se volcó a hacer los encargos que nadie más quería. Y allá iba, a cargar brazadas de leña para la abuela y ayudarla con la molienda y un sinfín de cosas.
Un día Matiana le preguntó con delicadeza si no quería quedarse a vivir con ella tras una estancia extendida. Ante la negativa de su nieta, Matiana no insistió y la mandó de vuelta a casa al día siguiente. No fue hasta que mi tía volvió al hogar que se dio cuenta de que su madre la había apalabrado. Como si fuera un obsequio, porque quizás a Carmela le iría mejor siendo boca única y de todos modos estaba más a gusto con su abuela que con su madre, a la cual se empeñaba en no obedecer. Durante el resto de su vida, el lazo entre Matiana y Carmelita siguió siendo como el de madre e hija, ya sin intervenciones ajenas.
Mi bisabuela se llamaba Matiana y su nombre fue el primero que aprendí a conjugar en pasado. Cuando murió, la enterraron con su vestido favorito, un cielo estrellado: lunares blancos sobre una tela azul profundo que rozaba la oscuridad.
Tengo un vestido igualito al suyo. Lo compré en mis peores días y no me di cuenta hasta casi un año después del parecido. La sangre llama.
Por años, aquellos en que estuve más triste, más sola, soñé con Matiana. Siempre inmóvil en su ataúd, al fondo del largo pasillo de la iglesia que recorrí a los tres años, rodeada de gritos, llanto, del dolor húmedo y caluroso de la Sierra que me caló hasta los huesos con una fuerza primitiva, incomprensible en aquel entonces.
Repetí aquel recorrido en tantos sueños, sola, para encontrarme con su vestido de lunares y su rostro de maniquí sin facciones porque solo recuerdo bien sus manos. Siempre avanzaba a pesar del terror, impulsada por la tristeza y la esperanza de verla una vez más. Siempre en vano: Matiana era la muerte, una faceta de tantas, una que me asustaba y chocaba con las ideaciones suicidas de aquel entonces, frenándome.
A Matiana he tenido que reconstruirla con los años, entretejiendo mis recuerdos infantiles con los de mi madre y mis tías, moviéndola de aquí para allá en el plano de la casita que guardo en mi interior, imaginándola bordando, moliendo, escuchándome. Mi bisabuela sabía escucharme.
En cambio, a ti te recuerdo perfecto, Susana. Tú no me dejaste sola porque se nos acabara la vida, sino por elección. A ti he tenido que desarmarte a través de mi memoria, agotándome en innumerables intentos por hallar la pieza que me faltó para encajar contigo o alguna pista sobre la decisión que tomaste y que fallé en presentir hasta que ya te habías ido. Incluso después de haber pasado por lo mismo tantas veces, sigo sin comprenderte del todo.
Anoche las soñé a ambas. Estaba en una casa que no reconozco, sentada, aguardando. Un teléfono negro con el cable enredado empezaba a sonar en la mesita contigua y yo sabía que eras tú y el cuerpo se me deshacía en temblores. Al fin llamabas, al fin volvías.
Tal vez estabas cansada de irte y este era el retorno definitivo, una oportunidad para que me explicaras satisfactoriamente tus idas y venidas. Para que me dieras motivos que no dejaran lugar a cualquier cosa distinta a recibirte con los brazos abiertos nuevamente.
Pero sobre el teléfono también estaban las manos de mi bisabuela. Manos pacientes y sabias, intactas en mi memoria.
"No contestes, hija."
Y no lo hice, Susana. Y no lo haré cuando suene el teléfono en la vida real. Ahora toca aprender a conjugar tu nombre en pasado, porque en el futuro quisiera saber escuchar como Matiana. Y la sangre también rechaza.
Linaje
Brenda Danielle Cano Aburto