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No puede ser acertado afirmar que el noctambulismo es una cualidad inherente al ser humano, tiene que ser, por mucho, una práctica que se convierte en un hábito y que a la larga causa cansancio crónico, ojeras, mal humor y fatiga.

Es una madrugada de lunes para martes. El departamento es absorbido por la oscuridad nocturna, salvo por un esbozo de luz que atraviesa el resquicio de la puerta adornada con garabatos de una nave espacial en un fondo negro que emula el espacio y bolitas que pretenden ser planetas. El haz de luz irrumpe con la noche, se desliza por el piso hasta alcanzar los límites del comedor y el baño, acompañado por el ruido del televisor siempre reproduciendo algo.

X habita ese tiempo suspendido entre la completa calma y el movimiento. Se siente cómodo en ese momento liminal donde todo es y no a la vez. Su cuerpo ocupa el mismo lugar a la orilla de la cama, frente a la pantalla, hunde las sábanas y el colchón con el peso de un joven adulto en sus veintes pasando sus vacaciones en vela. Sus dedos se mueven sobre los botones del control de un PlayStation 5 sin reparar en qué está presionando porque la memoria muscular permite esos lujos. Sus ojos se mueven por toda la pantalla; reciben los colores, los cuadros de texto, los personajes, las acciones y las instrucciones al mismo tiempo.

En algunas ocasiones me contagia su costumbre de habitar las madrugadas, aunque con el paso de los meses esa esporádica tradición se ha vuelto menos frecuente. Sin embargo, hoy coincidimos; de mi televisor salen voces y risas, del de él se escuchan onomatopeyas de golpes y power ups que quisiera poder tomarlos y guardarlos en mi bolsa, sacarlos cuando son necesarios y volver a comenzar.

La cocina es un espacio compartido que se ha transformado en territorio de guerra. Detengo el televisor para caminar a la cocina que me recibe con hostilidad. Tomo lo que encuentro para apaciguar el hambre que había estado ignorando. Un café, un brebaje en común. X también tuvo la misma idea que yo porque entra a la cocina con una calma que yo aún no puedo dominar. No me mira, yo tampoco reparo mucho en observarlo. Aún así, su cuerpo con dimensiones que ya no tengo tan claras me esquiva, similar a una coreografía, logramos circular por el espacio sin tener que tocarnos, cruzarnos o decirnos algo.

Quisiera tener una varita mágica para arreglar los problemas de todos y así poder ver en sus expresiones nada más que felicidad desbordada. Las expresiones vacías me aterran porque no puedo concebir la idea de no saber. X, por lo tanto, puede resultar un enigma. Como ver una pintura por horas, esperando que, conmovido por la espera, te revele algo más que al resto no.

Y como una pintura, no suele hablar mucho. Ni de lo que sucede en su interior ni de nada. No sé qué es lo que guarda en esos silencios deliberados, en esas omisiones marcadas con monosílabos ni en las largas pausas antes de responder la pregunta “¿A dónde vas?”. Tampoco comprendo si el que construya esas barreras tiene que ver más conmigo o con él. ¿Dónde deposita todo lo no dicho? ¿A quién se lo regala?

Recorre la tranquilidad con una experiencia envidiable, la trae, la acomoda y la moldea, ¿habrá algo que la perturbe? Llevamos casi un mes de no hablarnos y la barrera del “no saber” se hace más ancha y más alta, lo que me lleva a cuestionarme si está tan estresado como yo.

Nuestro silencio es distinto al que habita cotidianamente. Es uno impuesto, sentenciado desde mi lado de la habitación, un silencio intranquilo. Yo lloraba, lloraba como no lo había hecho en meses. Lloraba mientras tendía mi ropa después de exprimirla dos veces en la lavadora. No recuerdo la razón, pero algo dolía mucho. X usaba la cocina —mucho menos hostil en esos días—, sus piernas iban en un vaivén conforme su desayuno se iba construyendo. Hasta la fecha, ignoro si había decidido hacer caso omiso a mi llanto hasta ya no pudo pasarlo por alto o solo fue su decisión darme espacio.

X suele transitar las noches como si se trataran de un segundo día. Sus días duran catorce o dieciséis horas. Conoce la negrura y se acomoda entre sus pliegues furtivos porque ahí se encuentra fuera del escrutinio, donde su cabeza puede alejarse de los comentarios sarcásticos de Manuel, la pasivo agresividad de Elizabeth, la prisa, la molestia, el caos interno. La cocina tiene salpicaduras en la estufa y en el cristal que cubre los fogones. El suelo de la sala está cubierto de pisadas de mis perros que se ennegrecen con los zapatos pasando por encima todo el tiempo. En contraste, la habitación de X se encuentra limpia; el piso recién trapeado porque mi chihuahua se hizo del baño en una de las patas de su cama, su cama tendida porque posiblemente Ana pase todo el día en su recámara, un escritorio acomodado que después van a llenar de platos de unicel y envolturas. Quizás el caos lo deja afuera en el momento en que las luces de todos los demás se apagan.

El noctambulismo no es hereditario y ha logrado dominarlo a su forma. X es su propia persona y sentirme separada de esa transformación es una realidad que no logro asimilar del todo. Así, me incendio junto con el resto del barco que es mi hogar y solo puedo verlo zarpar.

Martes

Gal Miranda

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