
Mi abuela fue mi madre,
la que me enseñó a escribir en las paredes,
en la tierra mojada, en las hojas que cogíamos.
La que siguió mis pasos y evitó a toda costa
que el dolor punzante corroyera mi espíritu nuevo.
Mi abuela fue mi madre.
Sus estudios los hizo en cada lugar que visitaba.
Pronunciaba las palabras justas y adecuadas,
curaba el corazón roto hablando con plena franqueza,
[golpes bajos de la juventud temprana]
o para llenar con su agua dulce el cántaro de mi alma.
Mi abuela fue mi madre.
Luchó cada día y despertaba alegre, nombrándome.
Comida caliente
y los brazos más tibios que acunaban todos los sueños perdidos
y las ausencias anegadas,
apeñuscadas,
hechas ovillo en mi memoria.
Mi abuela fue mi madre.
Tejía con el estambre que rodaba a sus pies,
un sinfín de recuerdos en mi mente.
Era el remedio para todos mis males,
el té tibio con miel de abeja
en su justa medida
[para todos los males].
Mi abuela fue mi madre.
Peinó cada mañana mis largos cabellos
Daba ligeros tirones,
trenzaba sin saberlo,
con una discreta sonrisa en sus labios de filamento,
para siempre,
su esencia con mi esencia,
su vida con la mía.
Mi abuela fue mi madre
Andrea Camacho