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En dos mil veinte fui un huracán sin brazos

contenida en la punta de una semilla

enajenada. 

Arrastraba mi columna 

sobre las raíces de un confinamiento, 

intentando gritar auxilio 

en un lenguaje de señas

que sigo sin comprender. 

Me volví adicta a no morir,

queriendo hacerlo.

Vomitaba tres veces a la semana

en una especie de marea propia

que rechazaba todo plato; 

toda hambre. 

Se volvió cotidiano ignorar cualquier mesa,

devolver aquello 

que mamá obligaba a ingerir.


En dos mil veinte terminé mi primera relación

y por meses indagué

en la sensación confusa

de extrañar algo

que ya no amaba, 

regurgitaba los recuerdos / los vómitos curados / las pústulas de lágrimas.

Entonces, apareció en un sueño:

Doña Tere, la madre de mi expareja, 

me acicalaba las manos

y me pedía venir a comer;

yo decía que sí, luego dormía pausada

abrazando el torso de una migaja de pan. 

Lo entendí:

la mesa de Doña Tere

nunca pude rechazarla. 

Tal vez porque veía el rostro de mi abuela en sus arrugas

o porque su mirada de tristeza asemejaba la de mi madre.

Cualquiera que fuera, 

aquella mesa, frente al patio,

se convirtió en la única raíz 

donde mi huracán cercenado

me permitía aceptar alimentos. 

Tuvieron que pasar años, cientos de pesadillas,

para entender por qué esos rincones

me hicieron tan feliz. 

Tuvieron que pasar años

para que supiera de dónde provenía

aquella fuerza momentánea

que sentí en momentos de oleadas salvajes.

De dónde yo arranqué

aquella felicidad inherente

que traían consigo los platos humeantes

de una casa ajena. 

Tuvieron que pasar años

para poder materializarlo: 

Doña Tere, 

sin saberlo, me curaba de un huracán rabioso

que aún corroe cada centímetro de mis huesos.

En la mesa ajena, de una casa ajenaque nunca volveré a habitar

mi bulimia no existía.

En aquella cocina de manteles blancosque he dejado de conocer

mis enfermedades

no tenían permiso de visita.

En el hogar 

de aquella mujercasi mágica 

ahora lejana

Yo era merecedora de alimentarme.

En sus brazos

Yo era amada. 


Doña Tere

Karla Salguero

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