
El chocolate amargo que sacó de la guantera, el brebaje herbal milagroso que tomó hasta joderse la mucosa estomacal, el gesto cariñoso rasposo cada vez que llegaba de visita, el pan con frijoles que preparaba después de jugar, las fotografías que tomaba de repente, los pómulos elevados, las cejas marcadas, el ceño fruncido, la pila social casi inexistente, las ganas de treparse a un árbol cuando había mucha gente, la llamada por teléfono en pánico… Podría nombrar cincuenta cosas más porque para esto tengo buena memoria. Esta condición mía de recordar todo detalle cariñoso me tiene harta.
Quisiera olvidar. Deseo tanto olvidar, pues es solo cuando un vaso se vacía que puede llenarse de nuevo...
Si de verdad me vacío de todo gesto de ternura que me tuvieron, ¿sabré reconocer y recibir el gesto de ternura de quien me encuentre en el futuro?
Estoy harta, ya dije, de ser nostálgica. Estoy cansada de que ese ardor de la ausencia me defina como persona sintiente... Y no lo puedo evitar. No sé ser de otra manera.
Compro bolsas de ese chocolate amargo porque nadie más me ha guardado un chocolate. Sigo dejando ese brebaje herbal milagroso por si las dudas, necesite un placebo. Lo rasposo puede ser cariñoso; no tolero el lugar común ni lo cursi. Al final del día solo puedo cenar un pan con frijoles; cualquier otra cosa me cae pesada. Inicié mi colección de cámaras fotográficas instantáneas; no quiero perderme ningún segundo cuando lo estoy pasando bien. Me pongo poco rubor, solo peino mis cejas y jamás relajo el ceño. Los viernes no tengo ánimo de ver a nadie y me gusta sentarme a los pies de mi árbol de níspero; no trepo porque sus ramas me quedan muy altas. Aunque he sentido pánico, no tengo a nadie a quien marcar.
Se fueron y me quedó tan poco, y a la vez recuerdo de dónde saqué cada cosa que tengo. Insisto, aun así, ¡me quedó tan poco!
Imposible volver. Todas esas personas/ausencias se fueron con marcas de mis manos, porque yo no los quería dejar ir. Yo, en cambio, no tengo ni una sola marca de aferre en el cuerpo. Me dejaron esto también, un temblor en los dedos, las uñas débiles y un frío en la espalda que nunca se va. No sé vivir de otra manera. No sé a dónde voy, pero deseo. Deseo egoístamente tener al menos una marca de aferre en el cuerpo.
Descubro en el fondo borroso del ruido cotidiano que siempre, siempre, siempre se trató de esa pulsión de no dejar morir ni olvidar nunca el gesto mínimo de ternura que nos hizo sentirnos dignos de seguir respirando.
Un chocolate amargo
Austria Colín Cortés