
Arroyo y ciudad
cincuenta y cinco años,
un hogar seguro.
Hay muchas historias que me gustaría contar sobre mi abuelita. ¿Qué decimos cuando nos preguntan quiénes somos? Ella me dijo que viene de San Vicente, Guerrero —eso es importante. Porque ahí nací, porque no es lo mismo venir de la sierra y del río que de la costa y del mar. Somos de un brote distinto, otra materia, por nombrarlo de alguna forma. Visité su pueblo solamente dos veces, pero es la memoria de mi abue y el nombrarlo constantemente lo que lo mantienen vivo en mi generación.
Cuando tenía ocho, dejé de ver a mis abuelos. Y no fue hasta varios años después que la relación se retomó de forma intermitente. El año pasado, después de cumplir los 23, una rutina nació. No sabría explicar muy bien por qué, algo de nostalgia, de culpa quizás. De ego incluso, el saber que también voy a envejecer. ¿Qué es lo que nos hace volver a casa? Ahora una vez por semana comemos juntos y platicamos largo rato en la sobremesa. Después nos movemos al sofá y, casi sin darnos cuenta, vamos durmiendo entre el sonido de la televisión y el olor de las buganvilias del jardín.
Hay algo aún que me impide comunicarme completamente con ellos. Una barrera invisible que se creó entre 2009 y 2024. Las razones por las que dejé de verlos iniciaron por un conflicto familiar que después se tornó en un “dejarlo para después”. A veces tengo muchas ganas de llorar. Mucho miedo de que se mueran y me haya tardado en volver. ¿Qué diría yo si me preguntaran quién soy? ¿Soy mis miedos y mis amores? ¿Soy mi egoísmo y mi apatía? ¿Soy mis risas y mi cariño?
Mi abuelita es maestra rural. Ella no esperaba que su vida fuera como resultó. Me ha contado que quería ser médico, que luego se quedó con ganas de ir a la universidad, a la UNAM, y estudiar pedagogía. No quería ser maestra, pero se dijo que iba a vivir toda su vida de su carrera e iba a ser grande. Y lo fue. Y lo es.
Cuando las palabras no caben en una historia, en una vida, cuando la sensibilidad y la emoción pesan más, cuando la imagen está en el centro y el lenguaje se vuelve innecesario. Entonces yo me pregunto de dónde viene la fuerza y el anhelo y esa felicidad que solo en el interior puede cultivarse se muestra por respuesta.
Mi abuelita se apellida Cabañas, y ese nombre la persiguió varios años de su existir y tocó rincones una vez sagrados, como la vida de mi abuelo y un futuro distinto. Fue una persecución hacia la familia de Lucio Cabañas que perduró incluso después de ser mi madre y mi tía adultas. Ella no quería habitar así el mundo, pero se apropió del dolor y se volvió esa forma de vivir otra. ¿Qué significa acompañarse? ¿Es la resistencia familiar por sobrevivir un acto colectivo de amor?
Un día no muy lejano, mientras conducía, anoté en mi bloc de notas: A mi abuelita, porque cuando la quise abrazar no pude. No podía ser yo la que llorara frente a ella. ¿Qué respondería si me preguntaran quién es mi abuelita? Es furia y canto, es estrellas y luz radiante. Son espinas y miel de otoño. Es un enero frío y tejocotes comidos a mordidas. Es soledad y amparo. Es algo que yo no puedo terminar de decir.
En la historia que se continúa escribiendo, me mudo con ellos, y un presente y un futuro se unen para mostrarnos una realidad en la que estamos juntos. Aquí es cuando debería regresarme a la pregunta del principio, la que está en plural: ¿Qué contamos cuando nos preguntan quiénes somos?
Un hogar
Gabriela Rodríguez