

Sol ocaso
Fernanda Muñiz
Hay brisa. El mar se menea frente a nosotros con elegancia gatuna. Todavía no sube la marea pero ya puedo sentirlo en mis pies sin calzar. Llevo una mochila colgada a la espalda que golpea mi glúteo izquierdo, debe ser por el peso de los frascos con miel. Espero no se rompa, puesto que ya está demasiado vieja. Conforme avanzo se mueve de una manera similar a olas, pero no es placentero como el mar, duele.
Me miras, tú decidiste no comprar nada. Dices que la gente nos estafa con esos precios tan altos. Aún así, tomas la carga de mi hombro y la cuelgas sobre el tuyo con mucha más facilidad que yo. Sonríes, me sonrojo. ¿Cuándo dejarán de calentárseme las mejillas? Te conozco más de lo que me gustaría aceptar y aún me siento incapaz de diluir tus encantos bajo mi razón.
Dices que si no nos apuramos la noche va a alcanzarnos y pescaremos un resfriado. Me hace gracia la metáfora: pescar, hay muchos peces en el mar.
Aprietas el paso y yo te sigo, de vez en cuando me detengo a tomar aire. En una de las bocanadas veo que el sol está por desaparecer. El cielo se ve de color rojo, ¿o naranja? Jalas tu cabello hacia atrás y pides que te siga más a prisa.
No puedo. El atardecer me llama. ¿Recuerdas el libro que te leí, cuya historia narra a una mujer que decide morir en una barca? Así quiero morir también. Pero no como ella. La Muerte la recibió fría y bajo neblina azul, es horrible. Deseo que mi cuerpo sea enviado en un bote pequeño, rumbo al Sol. Quiero morir con él, que me consuma con su fuego y que las gaviotas descansen sobre mi vientre.
Te lo digo. Ordenas que no hable tonterías. No es una cosa de tontos, cariño, es mi voluntad. ¿No te gustaría morir en alta mar? Sigo tus pisadas mientras observo cómo el rojo se tornó rosa. No hay nubes, quisiera llorar. Las nubes son mágicas.
Cuando niña, me gustaba jugar a que podía volar. Mis brazos se llenaban de plumas y revoloteaba por los aires, y cuando me sentía exhausta reposaba en una nube. Siempre era de color amarillo, aunque en algunas ocasiones tenía tintes rosados o naranjozos (¿a quién le gusta el azul?). Después bajaba y regresaba a mi realidad: sin alas, sin nubes.
Me preguntas qué pienso. Te digo que pienso en ellas. Ríes y aseguras que son gas y agua. A veces me gustaría que no dijeras nada, que cerraras la boca y me dejases imaginar tranquila. Cada vez que terminó de soñar, te encuentro a ti. En ocasiones me sorprende saber que no te gusta volar, ¿por qué sigo atada al piso?
Del sol ya no queda casi nada. Una luneta, como las de chocolate, es lo único que mis ojos alcanzan a percibir; ya ni siquiera lastima la mirada.
Llegamos al hotel y anuncias que tomarás una ducha. Me invitas pero yo me niego: quiero despedir al Sol. Sacudes la cabeza como muestra de resignación. Dices que a veces no sabes si la loca soy yo o tú por permanecer conmigo. Sonrío pese a que tu chiste no me hace gracia, de eso se trata la vida. ¡Oh, cariño, quisiera poder escapar con el Sol!
Sin embargo, sé que no es posible, sé que al medio día me dejaría sin aliento, y que al ocaso caería sobre las montañas, rendida. Ya que lo pienso, ¡qué maravilla! Me gustaría encontrar la muerte navegando rumbo a él, recuperarme con su calor y entregarme a sus llamas. Pasar la eternidad bajo su cálido abrazo, vestida de nubes amarillas.
Finalmente, su luz me dice adiós. La luminosidad que le prestó a la Luna me baña la cara. De inmediato, entro a la habitación y me escabullo a la media cocina que tenemos allí. Enciendo la estufa y caliento mis manos. La noche es azul y helada, me hace no querer morir. Escucho cómo el agua de la regadera cae sobre los azulejos y sobre tu cuerpo. Puedo asegurar que está fría.
Apago la mecha y voy directo a la cama. Sales del cuarto de baño y te metes bajo las cobijas tú también. Tu piel está húmeda. Dices que te abrace para que puedas entrar en calor. A veces eres como la noche. Amor mío, ¿cuándo vas a pedirme matrimonio?