
Válida Per
Es difícil explicar qué te extraño a pesar de no haberte conocido. Nunca una palabra de semejanza, ni por mi piel, ojos o nariz, ni tampoco sobre mi manera de hablar, de reír o llorar. Recibo los halagos de la buena crianza de nuestros padres e intento seguir los pasos que llevaron a papá a comprar una casa a unos minutos de la facultad. Escucho cuando la gente aplaude: "Seguramente te inculcó el camino de la medicina", y sonrío diciendo que yo escogí este camino porque sería complicado decir que esa casa no estaba destinada para mí. ¿Era libertad para ser lo que quisiese o resignación porque sus sueños se difuminaron cuando tuvieron que despedirte?
No te conocí, pero a veces siento como si lo hiciera. Es complicado imaginarte cuando mamá aguanta un silencio doloroso ante tu mención, cuando llega febrero, cuando los primos describen recuerdos de los que no soy parte. Me hubiese gustado jugar contigo, hacer travesuras juntos, esconderme detrás de ti y pelear como perros y gatos. Me hubiese encantado compartir contigo el viaje hacia los abuelos, los festivales escolares y las fiestas de Año Nuevo. No obstante, yo sé que mi existencia está ligada a tu ausencia. ¿Estoy aprovechando bien mi vida? Dar lo mejor que puedo es mi manera de hacerte sentir orgulloso.
A veces, cuando no tengo con quién hablar, imaginar en la persona que te hubieras convertido alivia mis nubes y arrebatos. Creo escenarios donde tomas un paso hacia adelante ante las discusiones de nuestros padres y cargas con la responsabilidad de protegernos de las luchas que solo los hermanos mayores entienden. Quizá me hubieses regañado, sacado borracha de una fiesta y compartido confidencias mientras comemos helado en una banqueta. Te veo vistiendo el mismo uniforme que yo delante del hospital, con nuestros padres orgullosos; te veo en los bebés con susurros en el corazón, con todo el potencial de volverse alguien extraordinario. Cuando lloro sola, te imagino decepcionado por haberme cedido el lugar del más fuerte y quizá por eso siento un poquito menos pesado el corazón.
Pero casi siempre me olvido de que una vez caminaste por las mismas habitaciones; no te pienso diario, ignoro el potencial que pudiste ser y hago mi vida como si nunca hubieses existido, como el dueño original de un juguete olvidado. Aunque otras veces, cuando los cuatro posamos frente al pastel, no puedo evitar pensar que te extraño, a pesar de no haberte conocido.