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Pensamiento Palabra

Media vida después recuerdo la ilusión de experimentar la idolatría. En estadios de flaqueza, es crudo reconocer que no existe más. Lo amé, como lo describen los textos freudianos del desarrollo. A mis cuatro años celebraba su llegada a casa, la amplitud de su sonrisa, su atención, su mimo y quedarme dormida en su regazo.

Físicamente atractivo, desde su juventud desarrolló una seducción natural hacia las féminas. Yo era su más pequeña admiradora. Poco me faltó de él; poco le señalo como padre de la feliz niña que fui. Atento, proveedor, comprensivo y complaciente, estuvo ahí, no obstante su ensimismamiento laboral y festivo. Paseador, inteligente, habilidoso y lector, me enseñaba y explicaba el mundo cuando se lo pedía.

Fue por décadas mi persona de referencia. Mis compañeros lo notaban y alguna vez se burlaron. En una entrevista de ingreso escolar, lo mencioné como una de mis tres figuras de influencia y admiración.

Omnipotente en su pedestal, los sismos y tropezones lo tambaleaban sin derribarlo. Hasta el día en que cayó. Su figura, junto con su divinidad, quedaron reducidas a minúsculos fragmentos. Los restos fueron disipados por el viento que barrió el suelo. La habitación donde se hallaba su altar estuvo vacía y abandonada. Oscuridad, telarañas y polvo residieron en ese interior clausurado.

Hoy aún, sus desaciertos magnificados por la edad me generan frustración; me debato entre la presencia y la evasión. Cuando evidencia sus fallos, rememoro la ilusión, levedad y certeza de que gocé hasta mi juventud temprana. Según mi percepción, él era sabio y resolvía, representaba lo bueno de la vida, a lo que había que aspirar. Yo solo debía caminar por una apacible línea recta.

En ocasiones, pienso que esa primera pérdida funciona como preparación para la siguiente: la física y obligatoria en el ciclo de vida.

Tras la ruptura, no hubo lágrimas, pero mis líquidos vitales se fugaron de a poco, por una imperceptible herida, hasta dejarme la sangre torpe y espesa. Me hallé entonces, seca, encorvada y carente de autovalía.

Ante su ausencia, tuve que mirar alrededor para comenzar a reconocer la sociedad donde me dejaba: una caótica, poblada por seres de sombra y luz. Entonces, ya no tan acompañada, sentí ese contacto pleno con lo externo, y debí enfrentarme a situaciones con las escasas herramientas con que contaba.

Cauta, pero ignorante, insegura e inexperta, la pasé mal sobrellevando embates emocionales, pero aprendiendo lo que no pude dentro del núcleo familiar. Entendí entonces que yo también era “gente”, y que había crecido con privilegios.

Con temor, pero expectación, conocí personas, entornos físicos y sociales diversos. Percibí que la mayoría vivía en condiciones de adversidad, pero que también navegaba con bandera de sociabilidad, alegría y autocomplacencia. Mis brazos no respondieron para izar ese modo público.

Cerca de mis cuarenta logré discernir lo valioso de mí; de lo erróneo podía, desde mucho antes, redactar cuartillas enteras. El dolor de lo perdido iba transmutando, lo que generó fuerza para erguirme nuevamente. Me reconfiguré en mi propio espacio de calma y veneración, entrando a reacondicionar aquella habitación olvidada.

Mi esencia terrenal no va con pedestales, mas soy la protagonista de ese refugio con muebles a ras de suelo, donde me invisto de oraciones para procurar una existencia de bienestar. No me encumbro como imagen de referencia, pero sí le doy importancia a la efigie corpórea que me permite autonomía, movilidad, sensaciones y contiene mi ser espiritual.

Al día de hoy, esta habitación es blanca para permitir claridad y tranquilidad; tiene textiles y texturas amables que proveen calidez. Mantengo las ventanas y puerta abiertas para recibir la mayor cantidad de aire y luz natural, así como la visita, el saludo afectuoso o el gesto amigable de quienes pasan cerca y, sin prisa, se detienen ante el recinto. Mi padre viene en ocasiones, sonríe, me trae pescado. Yo disfruto los momentos cuando él revela y asimila un poco más de sí.


De pedestales y recintos

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