
Mariana Luna Calderón
Esa noche Carolina se recostó para intentar conciliar el sueño, pero solo dio vueltas en su cama mientras lloraba. Sentía una opresión en su pecho que le dificultaba respirar; los latidos de su corazón eran débiles, como si su vida se estuviera agotando. Venían a su mente recuerdos alegres, risas y abrazos, pero todo se desvanecía, pues sabía que ya solo serían eso: recuerdos. Era la sensación más abrumadora que había experimentado en sus dieciséis años de vida.
A la mañana siguiente, se dispuso a vestirse con ropa negra, se miró al espejo para peinarse, pero se distrajo cuando vio su cara demacrada y pálida, y sus ojos con una cubierta cristalina de tanto llorar. Intentó respirar profundamente, abrió un cajón y sacó un pequeño alhajero de madera que contenía en su interior un anillo dorado con una margarita en la parte superior. Sostuvo el anillo fuertemente con ambas manos, se dejó caer sobre sus rodillas y de nuevo brotaron lágrimas de sus ojos.
Cuando ella cumplió quince años, su tío se acercó y le dijo:
—Tengo un regalo muy especial para ti —sacó el alhajero de madera y se lo dio a Carolina; ella lo abrió.
—Tío, es precioso. Me encanta que tenga una flor.
—No es cualquier flor, es una margarita. Verás, cuando yo pedí la mano de tu tía para casarnos, le llevé un ramo de margaritas. Entonces esas flores se convirtieron en un símbolo de amor eterno. Por eso decidimos mandar a hacer este anillo especialmente para ti, porque eres como una pequeña flor que se está abriendo a la vida, y nosotros siempre te vamos a amar.
—Es la historia más bella que me han contado —dijo con la voz entrecortada por la emoción—; yo también siempre los voy a amar.
Su tío puso el anillo en el dedo índice de la mano derecha de Carolina, mientras ella esbozaba una profunda sonrisa, conmovida. Abrazó a su tío y le dio un beso en la mejilla. Luego fue a agradecerle a su tía por el hermoso detalle que acababan de tener. El anillo era precioso, pero lo que más la había conmovido era lo que representaba. Desde entonces se convirtió en su objeto más preciado.
Cuando ese poderoso recuerdo se difuminó, Carolina regresó a una realidad en la que su tío ya no iba a estar físicamente con ella. Limpió sus lágrimas, se levantó, besó el anillo y se lo puso en su dedo índice de la mano derecha, como lo había hecho su tío en el pasado. Se detuvo un momento mientras lo contemplaba; luego sintió una calidez que recorrió todo su cuerpo hasta llegar a su corazón. Comprendió que el anillo con la margarita siempre sería el símbolo tangible de un amor que recordaría toda su vida.