
Silvia Arévalo
Recuerdo las palabras que cruzaron por mi mente conforme veía tu silueta desaparecer a la distancia. Tú puedes, tú puedes, tú puedes. A una edad tan temprana es difícil cuestionar al destino; las cosas llegan y se van, y alguien más guía tu camino para no caer en una espiral de dudas y temor.
Pero aun con eso, cuando el peso de una decisión significativa cae en tus ingenuas manos, cualquier opción promete un abismo y un paraíso que no terminas de comprender. Y yo hice mi elección, aun sin poder vislumbrar lo que representaría para mí años después. Lo que marcaría mi vida hasta el momento del sueño eterno.
“Sabes que te amo.”
Con esas palabras me despediste, acompañadas de un abrazo con olor a Noa de Cacharel, y todas las emociones que ninguna de las dos podía terminar de vociferar. A veces pienso en buscar un frasco de ese perfume para sentirte más cerca, pero los recuerdos que despertaría me harían perderme en la neblina.
No era la primera ocasión en que la distancia nos iba a separar, pero la sensación era diferente esta vez. Ambas lo sabíamos, y aun así todo continuó como se planeó. Un adiós anunciado meses atrás, inevitable en su naturaleza.
Y pasó el tiempo. Inicialmente, había cierta emoción por el cambio de rutina, las nuevas amistades y la transición a una edad de apertura al mundo. Los primeros meses, cada noche sentía el vacío en donde tu presencia estaba ausente, pero poco a poco el estrujo del corazón pasó a ser un suspiro y unas cuantas lágrimas, hasta convertirse en una nostalgia tolerable.
Lo que no veía venir era el silencio y todo lo que trajo consigo. Confusión, impulsividad, cuestionamientos y, eventualmente, un dolor que portaba una máscara de resentimiento. Muchos años pensé que la separación te había sido indiferente, que mi mente había fabricado lo que vi en tu mirada en aquel día. Y esta tristeza, sin que yo fuera completamente consciente de ello, se resguardó en una prisión autoimpuesta dentro de mis latidos.
Más de diez años me costó comenzar a entender tus razones, a aceptar que tu ausencia no era deslindamiento; fue amor. Y creo que ambas aceptamos las consecuencias que resultaron de tanta distancia, que, a pesar de ser complicadas y en ocasiones asfixiantes, nunca romperían el lazo que se formó cuando compartimos vitalidad.
Hasta la fecha, te veo en pequeños detalles a mi alrededor: la blusa naranja que tanto te gustaba y decidiste regalarme, el collar que usabas cotidianamente y que ahora está en mi tocador, o las novelas que amaste y jamás abandonarán mi librero.
Siempre estuviste aquí, aun cuando no podía notarlo. Y sé que el tiempo continuará sin permitirnos borrar los estragos del pasado; que la distancia tal vez aumentará y nos reuniremos pasados varios años, pero te llevo conmigo siempre. En la forma de mis manos, en las canciones que me heredaste, en las facetas de mi persona que tienen tu esencia.
Hasta el sueño eterno.
Sabes que te amo.