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Sandra Hernández

Tal vez nunca, tal vez siempre. Tal vez desde el inicio, tal vez desde el final. Tal vez siempre tuya y siempre mío, tal vez solo fantasmas. Tal vez al revés.

Tal vez nunca sepas todo el amor contenido dentro de mis ojos al mirarte. Tampoco cómo mi cuerpo siempre buscaba sentir tu calor, o cómo mi piel se acostumbró tanto a ti que nada se sentía tan suave como tu tacto; qué tal los planes en los que he deseado incluirte, la manera en que siempre pienso en ti al despertar y al cerrar los ojos para dormir, deseando que estés bien. Tal vez nunca pueda verte frente a mí al hacer esas acciones.

Y es que sería absurdo pensar que nunca sabrías cuánto amo tu perfume y los rizos en tu cabello oscuro, una oscuridad tan profunda como mis ganas contenidas de pedirte que te quedes más tiempo acostado mientras me sujetas entre tus brazos, no por mucho, solo el resto de nuestra vida. Porque, vamos, ¿quién se imaginaría cuán enamorada he estado de ti durante tanto tiempo? Desde la primera mirada, desde la primera sonrisa, desde tu primer pestañear frente a mis ojos, hasta el día de tu partida. Pues aun con todo lo que he callado y me ha enfermado, te sigo esperando.

Han pasado millones de minutos, miles de días, cientos de semanas, decenas de meses y unos cuantos años. Siempre yendo de menos a más, de más a menos. Siempre ganando y perdiendo, siempre anhelando. Y después de haber sido tan cercanos, de conocer los misterios, secretos e incertidumbres que guardamos, ¿qué fuimos? ¿qué somos? ¿qué seremos? ¿y qué es lo que nunca conseguiremos? Supongo que no lo sabré a menos que convierta esta carta en una novela, a mi conveniencia, escuchando a mis retorcidos deseos. Porque ya no estás, porque nunca estuviste; porque dormíamos juntos, pero en habitaciones separadas, con distancias kilométricas de diferencia.

Aunque, si me lo preguntas, seguramente sí te esperaría millones de lunas más. Si algún día las estrellas me escuchan, me permitirás darte todo lo que siempre has buscado y nunca has conseguido. Si te intriga saberlo, fuiste la inspiración para muchas letras buscando secuencia entre líneas. Porque, al final, tal vez nunca sepas todo lo que intentaba decirte cuando me quedaba con la mirada perdida, todo lo que mi corazón gritaba, pero mi boca no sabía expresar.

Tal vez solo podías saberlo cuando tus manos coloreaban mi piel, cuando nos hacíamos mar, cuando nuestra inhalación se hacía una, cuando te entregaba ciegamente mi vida con la certeza de que me cuidarías, porque esa fue tu promesa la primera tarde que caminamos de la mano.

Pero, si lo pienso de nuevo, sería absurdo que no lo supieras, que no me sintieras después de que logré deshacer el mármol que te recubría, que mi boca no inquietara tu ritmo interno. Sería irracional pensar que me equivoqué cuando sentía tu energía creciendo, pidiendo más, tomándome con tanta fuerza, dedicándome atención que se volvía devoción, o tal vez siempre lo has sabido; tal vez siempre sentiste lo mismo, pero tu miedo te engañó tanto que pensabas todo lo contrario. Tal vez esa conexión energética siempre existió, incluso desde antes de conocerte, incluso antes de la supernova que generamos; antes de que todo colapsara.

Entonces, tal vez nunca sepas si esta carta la escribí pensando en ti, en cada reencuentro y en cada incendio que provocamos, en cada descenso al infierno, en cada ocasión que nos hicimos alcanzar nuestro momento nirvana. Quizás jamás me encuentres en las letras; quizás nunca me saques de tu mente. Sin embargo, tanta incertidumbre me sobrepasó, y ni siquiera todo el amor que aún siento fue capaz de sostenernos. Sea cual fuere el motivo, sé que hoy debo soltarte, debo dejar ir la idea de que algún día te volveré a encontrar y tus ojos se encenderán al mirarme y me pedirán que nunca más nos separemos, haciendo tantos sueños realidad.

Espero que estas líneas te abracen; que te cobijen de tal manera que nunca te sientas en soledad, que nunca más busques un lugar pidiendo sanar y obteniendo cicatrices de mayor profundidad. Porque hoy ya no estás, y sé que no regresarás, pero merecía una despedida digna, real, evitando omitir que una parte de mí siempre será tuya y que, a pesar de la distancia abismal, siempre estoy cerca, pero ya no me mantengo en la agonía de una plegaria.

Tal vez nunca, tal vez siempre. Tal vez desde el inicio, tal vez desde el final. Tal vez siempre tuya y siempre mío, tal vez solo fantasmas. Tal vez al revés.

Incertidumbre bilateral; silencio

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