top of page

Ferisa Castañeda

Alguna vez tuve un joven corazón. Cuyos sentimientos estaban en auge, ansioso por conocer la sensación que registró al ver películas como romance. Un joven corazón lleno de ilusión y esperanza que creía en la nobleza de la mirada, la lealtad en las palabras, lo altruista en las acciones y en la intención honesta en los roces y toques. No sabía que el mundo real no estaba a favor de la fantasía.

Se han olvidado de detener el tiempo voluntariamente para ellos mismos, para solo por un segundo, apreciar el momentáneo sentimiento de plenitud y conexión entre ambos individuos, cuyos nombres resuenan dentro de sus almas, causando una expansión de fuego en su pecho.

Sin embargo, yo aún cargaba con la ilusión de algún día presenciar no solo con la mirada, sino a través del corazón, la culminación de una larga espera a poder vivir lo que tanto anhelé: un clásico romance para mi vida. Hasta que en una ocasión, un abrupto encuentro, forjado por mi necedad de hallar una respuesta, logró lo que creí imposible, corromperme por completo y apagar mi ilusión romántica.

No tiene mucha coherencia el concepto del corazón rompiéndose por un amor no correspondido, ni siquiera iniciado; pero justo eso es lo que cala en el alma aún más, apuñala más que un te amo sincero, el tal vez de una promesa en suspiro, tan delicado como para ser arrebatado por el viento, dejando en incógnita lo que se pudo ser.

Entre ser una elección o una opción, opté por convertirme en un intermedio que se queda aguardando un milagro. Sin necesidad de quedarme, pero superando mis enojos y arranques de razonamiento que gritaban el dejarlo todo atrás, hasta que la misma vida me quitó a mí del camino.

Y entonces… la ilusión quebrada comenzó a cobrar las consecuencias de haber amado antes de tiempo. Dejaron de sonar canciones, los colores en mis atardeceres fueron desapareciendo. Y de pronto, no encontraba en el espejo ese brillo que me caracterizaba. Mi corazón empezó a bailar en un ritmo amargo que no conocía, las palabras pausaron, los tiempos se alargaron y la espera se hizo eterna. Con el tiempo, esa llama jovial de romance fue poniéndose en penumbra; las razones dejaron de ser importantes, pues se volvieron una constante en aquel presente. Las noches tristes comenzaron a predominar y sensaciones de angustia brotaron por la duda de saber si aún podría conservar la vida de ilusión en la que me prometí vivir.

Pronto, tantas incertidumbres lograron convertir esa cegadora niebla en un fárrago, el cual se apoderó de mi mente, donde aún yace el fantasma de lo que creía perfecto; lo sostengo en mis memorias, suplicando entre suspiros que vuelva esa imagen perdida o (aferrada a mis esperanzas) esa imagen congelada en el tiempo, y ahora los cristales rotos recorren mis mejillas, en busca de consuelo.

Guardo en un cajón las promesas, junto con las rosas marchitas que me quedé esperando y las canciones de amor que se quemaron, pero en silencio reparo en una historia de amor que jamás ocurrirá. Ardí en mi perdición, pero dejé en afonía mi persona, tal vez, para no soltar la oportunidad de tener ese primer cosquilleo en mis labios; dentro de mí, se justificaba. Ese camino lo forjé basado en mi inmadurez e inconciencia, chocando con la experiencia de la vida, pero el arrepentimiento que existe dentro de mí solo habla de cómo imploré para llegar a ser la compañía favorita de alguien.

Y me di cuenta de que la intensidad con la que estoy dispuesta a amar no siempre estará puesta a ser prestada por la contraparte de quien quiera compartir esa experiencia conmigo, y eso me destruyó. Porque las fantasías que creé con base en las palabras que me dedicaron en promesa lograron embriagarme, aunque al final traicionaran mi realidad.

En tanto, mi corazón ya había luchado en guerra con la realidad que me apuñalaba en cada noche que trasnochaba por pensar en lo que estuvo mal. Una parte que consideraba importante de mí murió en ese proceso.

Me visualizo visitando la tumba de aquello que padeció aquel día de septiembre. Me invade de tristeza la falta de lo que era mi esencia, la luz de mi romanticismo, la cual me acompañó durante toda la vida; ahora su ausencia hace eco en mi interior, buscando una señal que indique que sigo viva.

Dedico los últimos momentos antes de dormir a añorar aquellos días donde esa llama protagonizaba mis cantos y pintaba mi mundo en colores, con sentimientos fluyendo dentro de mi ser. Poniendo el sentimiento sobre la razón y cordura.

A pesar de dicho vacío, estoy en calma. Y en espera del regreso de aquello que creía perdido y muerto. Con una perspectiva madura, que fue lo que me faltó para poder haber evitado tal tragedia.

Hasta el día de hoy, sigo encontrando piezas rotas que antes componían mi corazón, ese del cual me encomendé jamás dañar y que prometí arrullar cada noche. Tal vez mi pecado sea tener esa eterna unión con el pasado. Tal vez, esa es la razón por la que sigo viva.

La pérdida

LOGO - PRIMERA SEMILLA (1)_edited_edited
  • Trapos
  • Instagram
  • Facebook

@primera_semilla

bottom of page