
Nora Quintero
Nota de las editoras: la siguiente lectura
aborda temas de abuso y autolesiones.
Examinando mi cuerpo, puedo encontrar las huellas de tu ausencia. No son invisibles. No todas. Algunas están grabadas en la piel como líneas torcidas y silenciosas, testigos de lo que fue crecer contigo, pero sin ti. Marcas que no solo cuentan historias de caídas o tropiezos, sino de heridas que nunca debieron existir.
A veces, al mirarme los brazos, me detengo en esas cicatrices delgadas, casi desvanecidas con el paso de los años, pero imposibles de olvidar. Son las mismas que me hice en las noches en que tu voz era un cuchillo y tu indiferencia, una hoguera. Cuando tus gritos eran tan fuertes que no podía escucharme a mí misma, y tus palabras tan filosas que me creí merecedora de cada golpe, incluso de los que tú no dabas con las manos.
No dolía solo lo que decías. Dolía lo que no decías. Los silencios en fechas importantes, los abrazos que nunca llegaron, los "te quiero" que preferías regalarle a otros mientras yo me esforzaba por ganarme una migaja.
Crecí creyendo que el amor debía ganarse. Que había que esforzarse para no ser olvidada. Que quizá, si era más buena, más obediente, más callada… algún día te ibas a dar cuenta de que también era tu hija.
Pero no. Siempre había alguien más por delante. Siempre otra prioridad.
Mis hermanos, por ejemplo. Ellos sí recibían tu orgullo, tus risas, tu atención. A ellos los mirabas con ternura, les celebrabas los logros, les tendías la mano sin condiciones. Conmigo… era diferente. Yo era la hija complicada. La enfermiza. La que nació con una condición que te avergonzaba. La que, según tú, solo sabía quejarse. La que no encajaba en tu idea de familia perfecta.
Y eso era solo el comienzo.
Porque lo que realmente me rompió, lo que aún hoy me cuesta entender, fue que me impusieras como figura paterna a un hombre que no lo merecía. Un hombre que abusó de mí. Que convirtió mi infancia en un infierno. Que robó mi seguridad, mi inocencia y mi paz. Un hombre que, por las noches, me dejaba temblando bajo las cobijas, mientras tú, en la habitación de al lado, hacías como que no pasaba nada.
No hiciste nada para detenerlo. Nada. Y esa omisión también duele. Porque eras tú quien debía protegerme. Tú eras mi madre.
Pero tal vez lo que más me dolió fue descubrir que ese hombre ni siquiera era mi padre biológico. Que tú sabías quién era mi verdadero padre, pero lo mantenías alejado. Que preferiste mi silencio a enfrentar tu pasado. Que elegiste quedarte con el abusador antes que darme la oportunidad de conocer al hombre que sí quiso verme, que sí me abrazó, que sí me hizo sentir, aunque por un instante, que merecía ser querida.
Aquella vez que me llevaste a conocerlo, pensé que todo cambiaría. Que por fin las cosas podían sanar. Que había una oportunidad. Él me tomó en brazos, me apretó con fuerza, me dijo cosas lindas, cosas que yo no estaba acostumbrada a escuchar. Por primera vez, sentí el calor de un verdadero padre. Su voz, sus gestos, su sonrisa al verme entrar… fueron como una caricia en medio de una vida llena de espinas.
Pero esa esperanza duró poco. Regresamos. Me arrancaste de nuevo de lo que podría haber sido un nuevo comienzo y me devolviste al mismo infierno de siempre. Al mismo hogar lleno de gritos, insultos, miradas duras y favoritismos. Y yo… me rompí.
Fue en ese tiempo cuando empecé a hacerme daño. Cuando entendí que el dolor físico era más soportable que el vacío emocional. Que una herida visible, sangrante, era más fácil de entender que una herida en el alma. Me cortaba para callar lo que no podía gritar. Para dejar de sentir ese nudo constante en la garganta. Para sobrevivir.
Cada vez que miro mis brazos, veo a la niña que fui. Una niña que quería entender por qué no era suficiente. Que se preguntaba qué había hecho mal para que su madre no la defendiera, no la cuidara, no la eligiera. Y aunque hoy soy más grande, más fuerte y más consciente, esa niña todavía vive dentro de mí. A veces se asoma en noches de insomnio, en recuerdos que golpean sin avisar, en lágrimas que aún no se han terminado de llorar.
No escribo esto para que sientas culpa. O tal vez sí. No lo sé. No espero una disculpa ni un abrazo tardío. Solo necesitaba decirlo. Necesitaba ponerle palabras a todo lo que callé durante años. Porque aunque tu abandono me marcó, también me obligó a encontrar fuerza donde parecía no haber nada. Me enseñó a no depender del amor que no llega. A construirme sola, con cada pedazo roto, con cada lágrima, con cada cicatriz.
Examinando mi cuerpo, reconozco tu paso. Pero también reconozco el mío. Porque a pesar de ti, estoy aquí. A pesar del dolor, sigo en pie. Y aunque las heridas duelen, también me recuerdan que sobreviví.