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Selene Montes

La mano helada de la noche
se cuela por la rendija de la ventana,
navega bajo las cobijas
para arrastrarme fuera de la cama.

Antes de despertar, soñaba;
imaginaba un hogar cálido,
dos sonrisas iluminadas
y una niña bajando la colina.

Parecía tan real verla,
una copia viva del recuerdo:
tú y yo, paseando con el perro,
bromeando con la joya del dedo medio.

Pero el frío vuelve de golpe,
me recuerda que solo es un sueño.
El agua salada cae sin ruido
y solo me permite ver el desosiego.

Me revuelvo en la cama vacía,
mis ojos viajan al retrato del buró:
está la foto de tu nueva vida
y lo que nunca pudimos ser.

Si mi madre me hubiera querido,
si no me hubiera perdido,
si no cargara con una costura rota,
la versión perfecta de lo que nunca fui.

Pero temo convertirme
en lo que tanto me advirtieron:
agresiva, cortante
y mala compañía.

A veces imagino que aún podrías llamarme,
preguntarme si ya cené,
o si hoy también soñé contigo,
si aún te extraño.

Todo lo que hice por quedarme
son todos los motivos
por los que tengo fotos
con los que ya no están vivos.

Y, al final, los sueños
son solo palabras abandonadas,
imágenes contorsionadas
que torturan la esperanza
de ser amada siquiera una vez.

Living Legend

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