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Elizabeth Guerra

La libertad empieza el día en que dejamos de pedir permiso para ser.

Alejandra Pizarnik

I

Nunca pensó que una frase tan corta pudiera marcar una línea divisoria tan profunda. "Esto ya no es sobre ti", le había dicho una noche, sin levantar la voz, con la mirada limpia y una taza de café entre las manos. Él, con el orgullo colapsando dentro del pecho, no supo qué responder. Porque, en el fondo, sabía que era cierto.

Pero para llegar ahí, Alma tuvo que recorrer un camino largo, sinuoso, de silencios tragados y días borrados. Años donde su nombre se fue apagando entre las prioridades de otro. Había amado, sí, con la fuerza del sol al mediodía, pero también con la ingenuidad de quien cree que ceder es sinónimo de amor. Durante casi siete años, todo giró en torno a él: a sus horarios, a sus planes, a sus enfados inexplicables y a sus reconciliaciones de azúcar amargo.

—No exageres, Alma —solía decirle, mientras ella recogía los restos de alguna pelea absurda—. Tú sabes que lo hago porque te quiero.

Y ella, al principio, se convencía. Porque amar, le habían enseñado, era comprender más allá de la incomodidad, de la herida, del reclamo. Amar era resistir. Así le dijeron. Así lo vio en casa, en la novela de la noche, en la vecina que lloraba en silencio mientras cocinaba para un marido que llegaba con el perfume de otra.

Pero un día, sin saber por qué, el corazón dejó de justificarse. Ya no dolía igual. No pesaba igual. Fue un pequeño cambio, casi imperceptible, como una grieta en una taza favorita. Ahí estaba todavía: servible, útil, pero rota de manera irreversible.

Todo empezó un lunes cualquiera, cuando Alma llegó temprano del trabajo y lo encontró revisando su celular. No era la primera vez. Tampoco sería la última. Pero esta vez no preguntó a quién escribía, ni qué leía. Solo lo observó desde la puerta, con una calma extraña que le bajaba por la espalda como una lluvia tibia. Él levantó la mirada, la vio, y volvió a mirar la pantalla.

—¿No piensas decir nada? —preguntó.
—No tengo nada que decir —respondió ella.

Y era verdad. Ese día comprendió que, cuando uno ya no quiere ganar, tampoco discute. Desde entonces, empezó a escribir en una libreta escondida bajo la almohada. No poemas, ni cartas de despedida. Escribía su nombre, una y otra vez, en diferentes colores. “Alma”. A veces le ponía acento. A veces lo dibujaba como grafiti, otras como tipografía de cuento infantil. Era un acto tonto, casi ridículo, pero le devolvía algo que había perdido: la certeza de existir.

En las siguientes semanas, sin hacerlo evidente, fue rescatando pequeñas partes de sí: volvió a escuchar la música que le gustaba antes de conocerlo; se compró un café de vainilla sin preocuparse por su comentario de que “eso es para gente cursi”; y retomó la caminata de los domingos, la que hacía antes de vivir con él, antes de adaptarse al molde que la relación le imponía.

La decisión no llegó de golpe. Se cocinó a fuego lento. En cada silencio incómodo, en cada frase que la invalidaba, en cada mirada que pedía permiso para ser. Y cuando por fin lo dijo —“Esto ya no es sobre ti”— no fue un acto de rebeldía. Fue una declaración de existencia. No era solo su mirada: todo en ella había despertado. Poco a poco, volvió a escribir. Ya no solo su nombre, sino frases sueltas, poemas torpes, ideas para cuentos.

Un día escribió: “Me creí hecha de adentro hacia afuera, pero me moldearon al revés. Ahora me construyo desde el centro.” Las llamadas de él cesaron. No hubo más correos, ni disculpas teatrales, ni amenazas disfrazadas de tristeza. Tal vez entendió. Tal vez no. Pero eso ya no importaba. Porque, por primera vez, su historia no dependía de cómo él la contara.

Al mes de haberse ido, Alma alquiló un pequeño estudio. Tenía solo lo indispensable: un colchón en el suelo, una repisa con libros, una planta que bautizó “Esperanza” y una ventana por donde entraba el sol de las mañanas. Ahí, en ese espacio mínimo, empezó a escribir su novela. No sabía si alguien la leería. Pero no le importaba. Era su manera de recuperar el lenguaje, de decirse las cosas que por años guardó.

Una noche, mientras corregía un párrafo, recordó algo que él le había dicho una vez, cuando recién comenzaban:

—Tú escribes bonito, pero nunca vas a vivir de eso.

Sonrió. No por el comentario, sino por la forma en que ya no le dolía. Había dejado de creer en esas profecías ajenas. Ya no necesitaba su validación. Ni la de nadie. Porque ahora todo en su vida tenía una sola autora. Y sabía que, con cada página escrita, con cada línea trazada, estaba dándose la bienvenida a sí misma.

Lo que florece después

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