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Marlene Jazmín Roldán

Hoy encendí, por última vez, la vela que me regalaste. Su llama ardió como se abrasan los cabellos rubios del sol antes de partir y el aroma que desprendía trajo consigo recuerdos que estaban mejor sepultados bajo el ala del pasado. Entre los hilos de oro y el carmín, me pregunté: ¿cuántos segundos tarda el amor en perecer? ¿Cuánto más demora la pena en marchitarse?

Hoy me aflijo, porque el dolor no se va; este voraz suplicio ensucia el velo del mañana con pigmentos bermejos de miseria, apesta el presente con hedor de promesas que no pudieron ser cumplidas. He intentado removerlo, como hace uno con las manchas de las prendas; he tallado los recuerdos percudidos de tu sangre con las manos, pero tu memoria tizna con premura las huellas de mis dedos.

El dolor huele a tu perfume colándose entre mis brazos, y las noches se extienden como edredones hasta el fondo de la habitación, sobre tu colchón que sostiene un cuerpo exhausto; se arrugan sus pliegues con el movimiento de mis manos que exploran la tela esperando encontrarte reposando sobre el futón, y encuentran ausencia, como de costumbre.

Ya no estás aquí… Hay soledad en tu lugar, amarga sentencia de un destino apresurado. La misma vívida y cruenta soledad que me arruga las entrañas.

Fuera está todo demacrado, los árboles se encorvan desconsolados, se desmorona el cielo en gotas enmudecidas por la nostalgia. Tras el umbral de la habitación, encontré tu exhausta guitarra de cuerdas rotas, que reposaba como desvaneciéndose sobre el dorso de una columna. Su interior estaba colmado de aflicción por la podredumbre de palabras nunca expresadas, confesiones de un amor marchito, atrapado entre sus grietas de madera.

La tomé entre mis manos, evocando la caricia de tus dedos sobre sus hebras, como el día en que pasamos la noche en vela, cantando y arrancando suspiros de sus acordes. Ahora le suplico que responda, pero no hay claridad en su balbuceo, solamente reverbera tus murmullos...

Siempre quise saber todo sobre ti, todo eso de lo que tus ausencias me privaron, así que observé los espacios con prudencia: busqué voces atrapadas en las hendiduras del suelo, huellas del pasado, señales de peligro; quería descubrir sentimientos más sinceros que los que entretejimos en nuestras nímias charlas nocturnas. En esos momentos, el dolor se sentía como reposar con el alma descubierta sobre un lecho abandonado y esta dulce pesadumbre cubría los pliegues desvestidos de un amor que tú te negabas a arropar; desde entonces, tengo el cuerpo ataviado de tristeza y el corazón como ovillo desmadejado desbordándose de mis manos.

Me pregunto si tu escritorio padece mi ausencia, si lamenta la muerte de estas flores prisioneras entre el cristal y su madera. Habrá leído mis palabras cada mañana, desde que decidiste colocarlas ahí, como una reliquia; habrá analizado las estrías de mis pinturas, sin encontrar en ellas nada más que honestidad. Hoy solo puedo atestiguar la sangre que derraman mis cartas heridas, los pensamientos que nunca te atreviste a comprender y que decidiste, en cambio, destazar. Son brotes de intimidad que afloran con vigor, después de permanecer durante tanto tiempo bajo un velo mesurado: crecen por la llama de tu vela, que luce cada vez más endeble.

Estás aquí, pero no puedes escucharme. Entre la punta de mis dedos y tus labios hubo cientos de conversaciones sin sentido, perdidas entre la bruma del mar, igual que barcos desorientados por la marea. Y el dolor se escucha como los sollozos que esbozaste aquella noche; lo oigo en los fragmentos de tu corazón estrellándose contra el suelo, entre las cuerdas rotas de tu guitarra, en tus discos favoritos.

Intento acercarme, convencida de que este último abrazo tendrá la fuerza para enmendar nuestras almas desgarradas… pero no puedo tocarte, porque tú ya no estás aquí.

Retraigo los brazos con dificultad, los dirijo hacia este corazón fabricado con seda, pero ya no encuentro suavidad; no están los cobertores de algodón en los que me envolviste antes de dormir, no encuentro los besos de satín que decoraron mis mejillas, ni las olas de nuestros cabellos que chocaron al abrazarnos. No están el escritorio, ni el murmullo de la guitarra; no hay espíritu en las cartas, ni retratos esclarecidos; no hay eco en la voz que algún día acompañó tu compás, ni cariño en lo que alguna vez llamaste “nosotros”.

Todo está ausente, todo se ha esfumado: la mancha de sangre, tu aroma, el sabor a vainilla, tu corazón y el mío destrozados. El amor demora en perecer lo mismo que tarda la llama de una vela en esfumarse, y la incertidumbre nos azota con una violencia que pocas veces advertimos. ¿Cómo puede el alma amiga transformarse en verdugo? Las memorias de un remoto edén confeccionado por los amantes valen lo mismo que un suspiro de ave, y la parte nuestra que cedimos al destino flaquea frente al devenir del mañana; no somos un antes endulzado por afecto, ni un después contaminado de pesar; se nos escapan nombres, sonrisas, certezas sobre el mundo.

Pero el dolor es lo único que no se va.

Nocturna incertidumbre

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