
Abril Valeria Reyes Reyes
No olvides que te queríamos entero.
El amor vino desde el vientre materno. Mamá colocó sus manos sobre nosotros mucho antes de ser cuerpo. Papá hizo todo para cuidarnos. Crecimos completos. Sin grieta alguna. El resultado de dos que contienen.
¿Por qué te fuiste?
No podría hablar de certezas. Sería absurdo que a esta edad coloque en el punto más alto mi verdad; no me serviría de nada. No quiero explicarme una y otra vez que esto no tiene razón de ser. Lo que necesito ahora es comprenderte a ti. Quizá ese tenía que haber sido el primer paso. Pero no lo reconocimos. Toca aceptar la responsabilidad de volverse ajeno.
Ahora, esa misma responsabilidad es la que deshuesa, la que toma un poco de nuestra piel y la restira constantemente, esperando romper. Por eso el dolor se hace presente de día y de noche.
Nos mata escuchar el timbre del celular. Asusta saber que todo puede dañarte.
Asusta tener que ceder al descanso, al acto de dormir y no verte llegar, porque sé muy bien que mañana podría ser nunca más.
Ahora, tenemos grietas, ya no estamos completos, nos faltas tú.
Recuerdo que la constante, cada que te ibas, era encargar el no mover tus juguetes, por si llegabas a volver. Cada tanto me preguntaba: ¿Será posible que vuelva? ¿Es entonces acaso que podríamos volver a verlo?
El alcohol te toma y te evapora, por eso ya casi no te vemos. Aun así, es esa misma transgresión la prueba de que aún existes. Aunque para muchos seas fantasma, existes: con telas sobre ti, con máscaras y humo. Son las drogas las que te facilitan el no tener que ser humano. Por lo menos no completamente.
Y entonces pasa: asiduamente siento un vacío enorme que no me permite dirigirte palabras inteligentes cuando te veo y no te reconozco. Tampoco sé si no quiero reconocer lo que ahora eres. Quiero que vuelvas a ser tú. Quiero dejar de pensar que pronto te irás. No quiero que te vayas sin ser tú. Mamá y papá tampoco quieren perderte. Pero te perdimos hace mucho.
Aun así, tu cuarto sigue intacto. No tiene mucho que lo limpiamos y mamá volvió a dejar todo eso que fuiste. Lo limpió uno a uno y, como en un acto de valentía, desprendió totalmente todo el polvo. No dejó nada que no te dejase brillar.
Cuando vienes a casa, la casa sabe que llegaste a medias. Como si tuviera de filtro todos los recuerdos de cuando éramos niños. Te escucha. Se mantiene atenta. No te olvida. Nadie puede hacerlo.
Sabe que el hombre que ha entrado por esas puertas dejó en algún lugar todos los sueños que no paraba de contarle a papá. Recuerda con mucha osadía que fuiste tú el que le hizo creer en él mismo.
Es la clase de amor que se desarrolla por admiración. Fuiste admirable. Y la tristeza de ahora no es por la falta de ello, sino por la falta de ti.
No importa lo que te digan, aquí estamos sentados, aguardando, removiendo cada piedra clavada en el hueso y en el corazón.
Como se espera y se aguarda por todo lo que uno quiere: con calma y con pena.
Quizá ya es tiempo de que lo sepas. El rebozo de esta piel con la que nos tejieron te llama, no lo ignores.
Buscarte no es coincidencia, es que habitas en esta raíz.
Si la pérdida fue la daga, regresa a casa.
Nosotros siempre sabremos cómo hacerte volver.
Dos a dos y luego, cuatro a uno.
No olvides que, para ser cinco, necesitamos de ti.