
Bárbara Tapia Moreno
Hay una risa que me persigue de la recámara a la sala; siento unos pies fríos y descalzos caminando sigilosos sobre el piso de madera que truena por las mañanas. Antes de que el sol pudiera acariciar las ventanas, ya suena esa película que suena cada fin de semana. Hay rostros que perduran en los callejones de mi memoria y ojos que se impregnan de mi nostalgia; son los de ella aquellos que me quitan el sueño.
Arrastro conmigo un peso que deambula, un peso tan liviano, pero tan delicado que con mis latidos siento cómo tiembla. Con el alma en vilo y las lágrimas a la expectativa, sostengo su mano; la sostengo mientras ella duerme y escucho cómo ronca, la sostengo como sostengo a un copo de luz con el constante miedo de, sin darme cuenta, soltarla. No hay ruido en su caída, pero todo dentro de mí se desmorona al imaginarla.
Caminando me doy cuenta de que he ido muy rápido, pues miro atrás y apenas me pisa los talones, intentando alcanzarme mientras ella corre. El viento sopla y se van balanceando sus dos trenzas; su fleco mal cortado no la deja ver y yo la espero. Cada paso que doy, espero a que vaya al frente de mí.
Si debo ser honesta, no la comprendo bien; su voz se cuelga de mis oídos cada noche que no puede dormir y es por eso que su silencio me mata aún más. Me canso de verle las ojeras, pero nunca me canso de verme reflejada en esos enormes ojos que aún me miran con esperanza. Me sorprende su constante elocuencia y, aunque me parece agotador, me sigo levantando de mi silla solo para bailar con ella. Quizás es a mí a quien no comprendo.
No me comprendo, pues toda su dolencia para mí será eterna querencia, pues entre sus dientes yo sé que esconde el miedo a que me vaya, temor por mirarme y no encontrarse en mis ojos. No me comprendo y ella a mí tampoco, pero de lo incomprensible surge este amor.
Hay tardes donde imagino cómo sería la vida sin ella; quizás dejaría de preocuparme tanto y dormiría con las persianas cerradas sin tener que sentirla dando vueltas en la cama. Lo pienso, pero en realidad estremezco cada vez que se aleja de mí tan solo tres pasos, pues entre pestañeos suelta mi mano y ya no siento sus latidos. Carezco de cordura, pues en realidad es miedo el que me hace querer olvidarla y dejarla sin tan siquiera pensarla.
Carezco de cordura, pues he estremecido tanto tiempo ya.
De los vidrios que se parten, yo solo siento el filo que se adhiere hasta la sangre; del incendio me duermo en cenizas y lacero del alma todo lo que yo anhelaba. De las tardes de lluvia, esas donde la neblina danza contigo y ese peso que no se ve pero que hunde se pone en los zapatos de la nostalgia, de esas tardes yo solo puedo llorar con ella.
Me pongo ese suave suéter que me abraza hasta las penas, me recuesto en mi cama y solo quiero sentir su mano. Nunca ha sabido cómo consolarme cuando tengo esa mirada nublada, pero verla sonreír me es suficiente para sentirme completa. Nunca sabe qué decirme cuando atrono el aire con mi llanto, pero me deja poner mis pies helados sobre sus piernas solo porque sabe cuánto me encanta hacerlo.
Tierno cafuné del alma que carga consigo mi desgaste, inocentes manos que me envuelven cuando las grietas me hacen naufragar con el corazón mustio y en las manos. Me siento completa cuando se queda dormida a mi lado, las dos con las pestañas pegadas de tanto haber llorado, al sonreír y saber que me entiende sin tener que decirle una sola palabra. Admiro lo resiliente que es, y que aun conociéndome ha perdurado en la esencia.
Es ahí cuando la abrazo y deseo protegerla de este mundo, aun cuando la he descuidado tanto. Es de esperarse que al acurrucarse entre mis cansados brazos ella encaje tan perfecto en ellos, pues con el tiempo ha marcado su silueta en el lado derecho de la cama, tan perfecto que se ve cómo duerme enrollada dándole la espalda a la pared, pero nunca a la puerta.
Sé que no soy la única con miedos, pues, aunque ella lo niega, escucho cómo pide por jamás dejar de ser escuchada, por no irse del barullo de toda su familia en esas cenas navideñas tan caóticas, por nunca soltar la mano de sus hermanas y por siempre verse alegre al espejo con esa sonrisa chimuela tan particular. Sé que siempre se muestra valiente, tal y como lo aprendió de su papá; pero también sé que sabe que está bien llorar porque su mamá la escuchará. Sé que el temor la carcome y la incertidumbre la pierde un poco, por eso solo me agacho y la abrazo para sentir que el corazón se le desacelera un poco.
Mi dulce niña con rodillas raspadas y de ideas tan espontáneas, mi tierna bailarina que danza con la pureza de un corazón tan noble. Mi pequeño gran bien, sé aquello que perdure cuando el brillo de mi mundo se apague, las voces se callen, los años me pasen y nuestros sueños se logren. Mi niña pequeña, duérmete de camino a la casa o pretende que lo haces; yo siempre te cargaré y te llevaré hasta la cama, tal y como siempre te ha gustado. Acuéstate y tápate, aunque no haga frío; tú tranquila, que yo te desamarro esos tenis tan chiquitos que llevan con ellos todo el amor que te tengo. Acurrúcate y hazme un espacio chiquito para que mamá nos cante esa canción; abrázame a mí y a tu almohada llena de memorias y de unas lágrimas. Duérmete y siente mi beso de buenas noches acompañarte en tus sueños.
Mi lindo amanecer de esperanza, te llevo conmigo hoy y siempre.