
Antonina Lapin
Cuántas veces he querido decírtelo: Lo mucho que me haces falta y lo mucho que te quiero.
Me digo a mí misma que es innecesario; debería haberlo asimilado. Esto es peor que vivir un duelo, pues aquí nadie ha muerto, pero henos aquí; vivas y todo, separadas por nuestro bien.
Quisiera explicarte justo eso, pero no sé cómo. Podría escribirte, sí. A ti que te encanta escribir, esos recaditos, hojas sueltas, algo así como lo que yo tengo aquí. Me escribiste muchas veces en vez de enfrentar las cosas de cara, aceptar lo que me hacías (nos hacías) y con ello tener oportunidad de cambiar. Preferías dedicar pequeñas notas, dejarlas entre mis cuadernos de la escuela, pidiendo disculpas con tu letra, pero nunca con tu corazón, pretender que nada había pasado y seguir viviendo como si no estuviéramos ya bien heridas por las estacas de tus actitudes.
Esas actitudes, cambiantes, raras para una madre que dice que te quiere, pero su amor tiene peso, una balanza constante en donde las acciones de hija determinan cuánto amor de madre obtendrás en el día. Esas actitudes que no se notaban cuando éramos muy niñas, pero que fueron marcando las líneas que ahora nos dividen. Los días de peleas, cuando herías fuerte, o los días de manipular con tristeza porque no estaba haciendo lo que tú querías. Las voces de madre que debieran ser amor incondicional se convirtieron de a poquito en las advertencias de no atreverme a quejarme de ti, a nunca alzarte la voz, aunque fuera para defenderme de mi propia madre...
Y así, después de heridas que nadie vería, de sacudirnos la una a la otra con los gritos que tú iniciabas, venía el recadito para pedir disculpas que no sentías. El círculo vicioso, la búsqueda de reconciliación en papelitos arrebatados por el viento y los años. Pasaría la adolescencia con las culpas insertadas de manipulación constante. Buscaría entonces la libertad, a costo de cortar con hacha mis propios pies, las raíces que me atan y nos atan a todos los hijos criados por una madre capaz de apretarte las alas hasta trozarlas.
Escribo, escribo, escribo. La libertad es una dicotomía. Es amor y es herida, encarnadas en la esencia, la niña que tú formaste con arcilla grabándole tus cicatrices para que perviva tu presencia, tu ausencia, la marca de que, a pesar de necesitar vivir lejos de ti para sanar, siente el anhelo de regresar a los brazos de mamá y cumplir sus expectativas. Soy el golem que lleva tu nombre.
Cuántos meses, cuántos años desde el hachazo a mis piernas, la huida postrera, el contacto cero, convertirme en una piedra gris que aprenda a escucharte y a no reaccionar jamás con tal de no repetir el ciclo interminable.
Cuántas madres, cuántas hijas. Amor eterno, amor de arpón que no se saca de la piel más que saliendo del estanque, aun si eso implica morir de asfixia.
Y con todo, los recuerdos me traicionan.
La madre que me usó como su propio baúl para vaciar el narcicismo de su propia madre es también la mujer que me arrulló, que me llevó de la mano a la escuela, me dijo "te quiero", "quédate conmigo", "te quiero", pero hoy no llenas mis expectativas, "te quiero", pero eres una terrible hija...
No, qué dicotomía es la vida.
Los que se aman de verdad son separados por la muerte. Y los que son sellados con el amor blanco de un narciso materno deben vivir para siempre con la sensación en su cabeza, esa mano acariciando, a veces en consuelo, a veces en advertencia, sufriendo su peso y sufriendo su ausencia.
Yo quisiera, pues, decírtelo. Quisiera contarte tantas cosas que he descubierto en mí, en ti, en todas las que hubo detrás de nosotras.
Pero igual que el loco, no sé cuánto de esto que quiero es mi verdadero anhelo y cuánto es solo resultado de la ilusión creada por la preciosa manipulación de tu amor condicionado. La misma soga que me adorna el cuello adorna el tuyo, el de tu madre y todas ellas. Si me alejo, el nudo se suelta al menos un segundo para respirar mejor y saber que sí... A pesar de todo, quisiera decirte que te quiero, pero la madre sincera que anhelo lo oyera, sin usar después mis palabras en contra mía, la madre que me oiría sin aprovechar la nueva cercanía y así apretar el nudo de nuevo, esa madre no existe.
Y esta es otra carta que comienza para nunca hallar fin.