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Araceli Rodríguez

Hubo un tiempo en el que el bando de mi madre estuvo abandonado.

Adquirí poco a poco sus gustos; no quería perder su esencia y que una singularidad propia del ser me definiera como un ente distinto a ella. Aunque no quería parecerme ni ser su semejante, quería sentir la densidad de su individualidad, adoptar ciertos ademanes, gustos excéntricos, comportamientos ocasionales que me permitieran sentir su presencia, su naturaleza. Estoy intentando memorizar todas sus actividades, porque sé que algún día las replicaré; la utilidad de una rutina siempre es vasta.

Recuerdo inocuo. La costra que se le hace al chocolate caliente cuando comienza a enfriarse. Los dedos surcados rompiendo la piel revestida en dulce.

A veces, cuando tomamos café, cuando ella me está enseñando una imagen que le salió en Facebook y nos parece muy graciosa y reímos hasta que ella se seca algunas lágrimas, a veces, recuerdo esos tiempos y me apena, me invade el desasosiego y siento que me falta el aire y me quiero esconder en la antigua casa, en el antiguo cuarto.

Esos tiempos aún no son lejanos de la realidad apenas loable que intentamos construir, ambas; algo tendría que haberse estado tejiendo desde la infancia para que los males empezaran desde ahí, cuando muy seguramente precedían con anterioridad, desde que me concibieron.

ESE TIEMPO SOLO LO CONOCEMOS MAMÁ Y YO.

Pero esto no se trata de eso. La función del tiempo es una constante regresión de realidades vividas. Yo no tendría que haber estudiado física para saberlo, pues la propia existencia con ella lo comprueba.

¿Y la cercanía? ¿En qué intervalo de aquella época nos encontramos? ¿Dónde te encuentras?

Una simple regresión

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