
Apuntes desde Carabás
Brenda Danielle Cano Aburto
Volví por impulso. Me subí al camión sin un plan muy concreto y cabeceé un poco durante el camino. En cuanto descendí del transporte, me di cuenta: extraño estudiar en este lugar.
No echo de menos mi licenciatura trunca, ni la mayoría de las clases o profesores, sino el lugar y tiempo en sí: los abundantes locales de comida, el mar de gente, el verde de los árboles salpicando por todas partes, la biblioteca grandísima. A nosotros tendidos en el pasto disimulando las manos inquietas bajo las chamarras de ambos; aunque este último recuerdo llegó casi al final.
Caminé entre edificios nuevos erigidos en mi ausencia, con la certeza de que cualquier rostro con que me topara sería desconocido. Me sentí mejor, menos llena de impulsos tontos.
Luego llegué al camellón: aquella larguísima vena con sus ocasionales bancas de concreto, árboles a las orillas y un camino de grava en medio del pasto. Me acordé, irremediablemente, del Marqués. De que éramos tan libres que no nos dimos cuenta. De los bailes, y el salón vacío en una tarde como esta, y la playera suya con el estampado de refresco de naranja que me daba gracia (“have a crush on me”). Y los viajes. Todos los viajes.
No he vuelto a tener viajes como esos con ninguna pareja.
En honor a su memoria, dediqué el resto del trayecto hacia la biblioteca a buscarle un nuevo nombre, uno que se llevara bien con el que más le molestaba en aquel entonces (invento genial de una querida amiga).
Me decidí por bautizarte como Marqués y a nuestro antiguo reino apodarle Carabás. Dediqué el resto de la tarde a poner en marcha nuestros recuerdos, a desempolvarlos con cariño y una tristeza dulce, casi feliz.
Hay tantos que no alcanzo a distinguirlos ya en su totalidad. Pero al pasar junto a la banquita donde nos declaramos —novios sin la etiqueta, ja—, pensé, ridículamente: "Nos plantaron un árbol".
Es verdad: el final del camellón se ha transformado y aquel semicírculo de pasto ahora está adornado con pequeños y frondosos árboles que le rodean; uno de ellos justo al lado de la famosa banca, como un monumento insignificante a nuestra historia. Es, además, del tipo de árboles que me gustan tanto como para haberme detenido a admirar y tontamente preguntarme cómo se habrá sentido la emperatriz Carlota al contemplar el Paseo de la Reforma tras la muerte de Maximiliano.
No nos voy a comparar con algo tan trágico y magnánimo, pero es cierto que antes de ti, querido Marqués, no hubo nadie realmente; nadie con quien deseara esconderme en rincones o robar roces febriles o pasar noches tiritando en una tienda de campaña.
Te quise mal, tal vez; recuerdo haberme enterado de que pensabas que yo era muy fría contigo. Me quisiste mal, tenlo por seguro; supe del par de citas con otras chicas. Lo supe todo. Hasta la manera en que una de tus amigas dijo respecto a nuestra ruptura que “qué bonito”, que “parecía de película” (y cuántas ganas me dieron de gritarle que no sabía nada de nada, que se callara, que tremenda tarada).
Disgregación, debería llamarse. En ese momento recuerdo que, al tomarnos de la mano por primera vez, me recorrió tu tibieza por todo el cuerpo, encendiéndome. Al instante en que me percato de que, ahora mismo, no te quiero desde hace muchísimo y que así sucederá una y otra y otra vez, por los siglos de los siglos, amén.
Aturde ya no saberse enamorada.
Contigo aprendí todo eso: dejar llegar, dejar ir. Olvidar en el presente y a la vez conjurar el pasado a voluntad, vívido de nostalgia y aun así tan distante.
Siempre me he preguntado: ¿qué te llevaste tú, Marqués? Sé con precisión de qué me ha despojado cada uno de los que siguió y qué fue lo que dejaron a cambio. ¿Dónde están tus ruinas?
Hoy, no sin cierta reticencia, lo he descifrado.
No derrumbaste paredes o talaste árboles, como es costumbre mundana en el reino de Carabás: te dedicaste a poner cimientos que más tarde abandonaste. Y puede que sobre ellos haya construido un par de camellones con sus respectivas arboledas, para que por allí transiten todos mis futuros fantasmas y aparecidos; el privilegio de elegir quién me embruja eternamente mío.
Un abrazo, estimado Marqués: gracias por irte, gracias por llegar.
Y te extraño, querido Marqués: aunque jamás como al inicio, siempre como hoy. Deseo que allá donde estés no te falte la sombra de los árboles en tardes bochornosas, ni con quién compartirla.