top of page

Aquí

Casandra Paris León

¿Qué se puede hacer

con una emoción

que ya tuvo su turno,

su hora de seda?

Pero, ¿y después? de Valeria Tentoni


En el centro comercial, detrás de cada escaparate hay maniquíes que visten ropa aseñorada. Esas muñecas no tienen cabeza, ni brazos, ni pies, solo lo necesario para sostener las prendas: el torso y las piernas. Entre esa exhibición hay un gran espejo y Alejandra me dice: Vamos a tomarnos una foto. ¿Qué hacemos un viernes por la tarde ahí? Ella sonríe mostrando los dientes y yo me tapo la cara con la seña de amor y paz. En las esquinas de los pasillos se alcanzan a ver manchas negras que en realidad son montañas de polvo acurrucadas desde hace tiempo. La corriente de aire pasa entre nosotras. Una de las dos está sin estar. Esa sonrisa de dientes no es para mí; ella publica la foto en sus historias.

La conocí un jueves que se sentó al lado mío en una clase de la universidad. ¿Eres Paris, cierto? Soy Alejandra. ¿Mi mamá te ha hablado de mí? Me dijo que estudiábamos lo mismo y te busqué en Instagram. Al lado de ella estaba sentado su novio y me lo presentó. También me preguntó si conocía a unas amigas suyas. A pesar de estudiar lo mismo, solo teníamos en común esa clase. En el descanso nos seguimos en Instagram y al final cada una se fue a su casa. Ella con su novio y yo sola.

La siguiente semana salimos y me contó que había terminado con su pareja. No es coincidencia que fuéramos tan unidas cuando ella estaba luchando por separarse de él. Creo que ahora es en serio, aunque siempre peleamos y nos separamos. En clase nos sentábamos juntas. Me invitaba a comer con ella y su mamá. Me contó que su casa no era un hogar. Nos abrazamos una y otra vez tras llorar de coraje. En nuestro diagnóstico de ansiedad y depresión, a ella le recetaron tres medicamentos y a mí uno.

Ale caminaba conmigo las grietas de mi cuerpo. En cada paso me aconsejaba primero asomarme a la profundidad de mis heridas, después gritarles y al final esperar a que el eco me atravesara. Ella estaba ahí a pesar de que tomaba pastillas como quien se clava tornillos en su cuerpo para evitar desarmarse. Hace poco leí una cita que Clarice Lispector escogió de Thomas Merton; dice: “La soledad es tan necesaria, tanto para la sociedad como para el individuo, que cuando la sociedad falla en proveer la soledad suficiente para desarrollar la vida interior de las personas que la componen, estas se rebelan y buscan la falsa soledad”. Poco a poco recorrí esos caminos sin su consejo.

Después de tomarnos esa foto en el centro comercial, nuestra amistad se precipitó al silencio. Adivina quién me escribió por Instagram. No fue coincidencia que se alejara cuando comenzó a salir con un nuevo chico y cambiara sus medicamentos. ¿Por qué teníamos un cuerpo mutilado?

A veces las amigas están por necesidad, mas no por amor, pero no es su culpa. La amistad de Ale ya no tenía cabeza, ni brazos, ni pies, solo un torso con fisuras que marcaban caminos sin dirección y unas piernas que se movían sin sentido. El cuerpo de nuestra relación estaba descuidado. Tal vez si cada una hubiera limpiado sus lágrimas, abrazado el pasado y reconocido sus grietas, no nos hubiéramos tomado esa foto. El hubiera no repara el dolor. Elegimos acompañarnos en nuestras propias mutilaciones. La soledad fue ese polvo que segundo tras segundo se acurrucó en las esquinas de nuestras emociones.

LOGO - PRIMERA SEMILLA (1)_edited_edited
  • Trapos
  • Instagram
  • Facebook

@primera_semilla

bottom of page