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En vela

A Veces María

Como la luz de la lámpara que se olvidaron de apagar, en medio de una casa a oscuras, donde las sombras descansan y los sueños buscan qué amar.

El sueño de María permanecía despierto.

Solo penumbra, entre cuatro paredes color verde esmeralda y sobre su descanso de sábanas con unos dibujos de flores, se preguntaba.

—¿Todas somos curanderas?

Si acaso esta fuerza de “Hoguera” que sentía en el vientre venía de su linaje trenzado. ¿O tal vez?...

—¡Curanderas! —pensaba, porque somos mujeres medicina, que adornamos y arrullamos entre retazos y anhelos. ¡Porque hacemos que todo florezca! 

Miraba las cortinas azules, que parecían cambiar de color sumergidas en la oscuridad acorralada, y un bostezo interrumpía la voz en su cabeza cuando decía

—Sí, estoy segura de que en nuestros ojos están todos los colores, y en nuestras manos todas las semillas que regamos, con nuestro llanto.

—Somos mujeres que alimentamos con nuestros besos, que hacemos camino con pasos gastados y bailamos nuestros “a penas".

—Que si apenas me quiere.

—Que si apenas nos alcanza para la cena.

—O apenas me empiezan a tomar en serio.

—Mujeres, que cantamos la voz sorora y sabia vieja, herencia y eco de mil mujeres de luna llena. 

María daba vueltas en la cama, con la esperanza de encontrarle un lugar a cada idea, y seguía pensando.

—¡Sí! Como mi prima Lupita, que lloraba a escondidas de sus hijos por la noche; todos dicen que es una mujer maternal, pero también es una guerrera.

—O mi bisabuela, que luchó por un trabajo digno en tiempos chovinistas; ella era de otro lugar y otra fecha, pero pocos lo entendían. Alicia escribió y disfrutó de la vida clandestinamente.

—Como mi amiga Diana, que bailó y bailó hasta encontrarse, y mi querida Ale, que sintió eso que le faltaba en aquella marcha, ¡cómo las quiero! Ojalá siempre compartamos marzo agarraditas de la mano. 

Finalmente recordó.

—Como Regina, que lo incendió todo con sus palabras, y Nidia, mi madre, que me curó todita con el amor que le faltaba y con sus caldos servidos en exageración, que me decían "te quiero en abundancia".

—¿Dónde aprendieron a remendar el mundo? 

Rindiendo homenaje, el amor le rebosaba de los ojos, caía por sus mejillas y sabía a mar.

Con la mente más en calma y cansada por la lloradera, María Teresa, como le gritaba su abuela, se acomodó dispuesta, buscando el descanso.

—Así somos —repetía—, compartiendo su hallazgo con la almohada, somos vida. 

El sol acariciaba su ventana, amenazando con aclarar los rincones de su cuarto, y como los trazos fundidos de una vela que se olvidaron de apagar,

El desvelo de María se consumió.

Cerrando los ojos y abrazada por el frío de una larga madrugada,

Se quedó dormida a la primera luz de un jueves, en primavera.

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