
Hemolacría
Danya Ortega
El día que mi madre desapareció, mi hermano lloró tanto que le empezaron a sangrar los ojos.
Estábamos en el carro de la tía Carina, que llegó a recogernos después de la llamada críptica que recibió de mi padre a las diez de la mañana. “Algo pasa con los niños”, le dijo desde el otro lado de la línea, y colgó sin decir una sola palabra más. Siempre fue muy codo con sus palabras. A mi hermano y a mí nos tocó de a una cada quien: los nombres que escogió para nosotros el día que nacimos, directo en el hospital, la única vez que nos vio en persona. Yo todavía alcancé a escuchar una más cuando me respondió el teléfono en la mañana del último día que vimos a mi madre.
“Diga.”
“¿Papá?”
De ahí, los tres pitidos intermitentes me dieron a entender que había colgado. Presioné el botón rojo para terminar la llamada, respiré hondo y marqué otra vez. No entró ninguna de las llamadas, pero lo seguí intentando. Los únicos números de teléfono que me sabía de memoria en esa época eran el de mi madre, cuyo celular seguía sobre la mesa del comedor, y el del papel pegado en el refrigerador que decía “solo para emergencias”. No sé cuántas veces le habré marcado, pero tiempo después entró la llamada de la tía Carina, quien no colgó. Me dejó contarle cómo mi madre estaba preparándonos el desayuno y un segundo después la espátula estaba tirada y los hotcakes sin voltear estaban llenando la cocina de humo negro. Llegó por nosotros en veinte minutos.
Desde que llegó le rogamos que nos dejara quedarnos en su casa. La vista de las pantuflas y la pijama de mi madre vacías en el piso de la cocina, mezclado con el olor de la masa quemada, nos estaba dando ganas de vomitar. La confusión en sus ojos me hizo pensar que ella quería hacer exactamente lo mismo que nosotros: cerrar la puerta del departamento, arrancar el coche y dejar atrás todos los eventos de la mañana. Pero ella era la adulta responsable, entonces tuvo que tragarse las ganas de huir y recoger el teléfono para marcarle a la policía.
No recuerdo mucho del resto del día. Estuvimos varias horas sentados en el sillón de la sala, viendo cómo la tía Carina platicaba con gente vestida de uniforme. Después nos mandaron a empacar una mochila con las cosas más importantes: un cambio de ropa, pijama, zapatos, cepillo de dientes. Mi hermano se llevó su Nintendo, yo agarré un álbum de fotos que mi madre guardaba en su librero y la jaula del hámster. Cuando por fin salimos del departamento y subimos al auto, mi hermano soltó la pregunta que yo no había querido hacer.
“¿Cuándo va a regresar mi mamá?”
La tía Carina respondió que no sabía. Mi hermano no entendió y preguntó otra vez. Misma respuesta. Al poco tiempo comenzó a frustrarse y lloriquear. “No entiendes”, decía entre sollozos, “quiero saber cuándo va a regresar mi mamá. Quiero saber por qué se fue sin nosotros, por qué nos dejó, a dónde se fue.” Yo me quedé en silencio. Quería respuestas tanto como él, pero también sabía que eran preguntas que ni siquiera los adultos podían resolver.
Fue en medio de esta sesión de preguntas sin respuesta que las lágrimas de mi hermano empezaron a teñirse de rojo. Con cada parpadeo, cada respiración entrecortada, cada balbuceo que sonara vagamente como la palabra mamá, los caminos salados que bajaban por las mejillas de mi hermano comenzaron a soltar ese olor a hierro característico de la sangre. Yo lo noté primero, pues mis ojos eran los únicos, aparte de los del hámster, que no estaban inundados de lágrimas. —¿Qué te pasa? —le dije. Tía, ¿qué le pasa? ¿Qué le está pasando? ¿Por qué llora rojo? Mi tía se limpió sus propios ojos para poder ver mejor, y soltó un grito al ver lo que me había sacado de mi silencio. Sangre, dijo. ¡Está llorando sangre!
Mi hermano comenzó a llorar del susto entonces, ya no de la frustración de nuestra recién adquirida orfandad. Los balbuceos se volvieron alaridos, la confusión se volvió miedo. Estaba tallándose los párpados, pintándose de rojo la cara y las manos y el cuello de la camisa de pijama que se había negado a cambiarse. Pica, gritaba. Me arden los ojos, me pican, quiero a mi mamá, regrésenme a mi mamá.
Tiempo después, en el hospital, nos dijeron que había sido una combinación del estrés y una lesión que él mismo se había provocado de tanto llorar. En su desesperación infantil, se arañó los ojos al tallárselos tratando de secar las lágrimas. Tiene que mantener las vendas para evitar agrandar la herida, enjuagar bien el área y cambiar las gasas cada ocho horas. Debería mejorar en los próximos días.
Cuando por fin me dejaron entrar al cuarto a ver a mi hermano, tenía la cara vendada y varios tubos conectados al brazo izquierdo. Escuchamos a los médicos decirle a la tía Carina todos los cuidados que debía tener para que mi hermano mejorara. “Todos son unos mentirosos”, dijo él, en voz baja y ronca después de tanto llorar. “No voy a volver a ver hasta que nos regresen a mamá.”
Lentamente, las vendas alrededor de su rostro comenzaron a teñirse de rojo.