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Identidad desagregada

Yuriria Maryem

Temo de mí.
Así como es de veloz el galope en mi pecho,
así es de lento el flujo de vida por mi cuerpo.

Detenida, mi existencia momentáneamente pausada.
Dicotomía contradictoria.

El peso del miedo sujeta mis brazos;
la urgencia de lo inesperado apresura el pulso de mi ser.

Anhelo que el tiempo me sea justo,
que no me sobren instantes ni me falten segundos,
que los momentos me sean perdurables.

Temo de la incertidumbre y de lo desconocido.
Temo no poder lidiar con ello.
Temo perderme en el temor
y dejar de reconocerme.

Desecha y renacida

El mundo podría acabar mañana.
Podría acabar mañana y renacer de mí.

Con los trozos de mi piel, hacer el lienzo sobre el cual pintar el cielo;
con los hilos de mi cabello, coser los árboles a la tierra, firmes.

Que la sangre pase de fluir en mis venas
a correr por los senderos de los ríos.

De la carne de mis piernas —desdoblada o arrugada—
hacer los valles sobre los que otros pies
habrán de caminar.

Que el mundo se acabe
y que acabe yo en él.

Temo arder.
Temo, como cera, escurrir y mis formas perder.
Temo arder.

Y, por eso, decidí dejar de sentir.

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