
No me esperes, no todavía
Carmen Macedo Odilón
Querido:
No quiero volver contigo, aunque lo necesites, porque tu casa no es más que una ladrona de recuerdos: las tardes de llanto a solas por un corazón roto; las noches en vela por el pavor de que alguien entrara al terreno solo con brincar un diminuto muro que separaba a la calle de mi lecho; las pocas veces en que creí que todo iría bien.
No quiero volver a ese sitio que, con el transcurso de los años, pasó de ser una zanja rodeada de rocas y alambre de púas a luego convertirse en una casa, donde las sabandijas eran más dueñas del predio en que desovaron por generaciones que los hombres en busca de progreso, dispuestos a comprar lo que en un principio ni tenía dueño.
No quiero volver a ese rincón del mundo en el cual decidiste instalarte, querido; ese espacio que inventó la luz artificial como arma para derrumbar la oscuridad y el silencio de la naturaleza. Ese sitio que, como alquimista de los elementos, acompañó a la domesticidad del rayo con la magia del agua que fluye a su propia voluntad a través de un sistema circulatorio encerrado bajo tierra y con respiraderos.
No quiero volver a ese punto dominado por la ley del más fuerte, como si fuera un país independiente, ajeno a las normas de lo que los demás llaman urbanidad. Vecinos linchados, robos a casa habitación, mascotas reducidas a alimento por los más salvajes, hombres tirados en las pendientes pedregosas a causa de sus propias y bajas debilidades, a nada de ser pisoteados por los cascos de la caballería agrícola o sepultados por capas de estiércol.
No quiero volver, porque en donde estás la noche y el día empiezan antes. Los caminos se tornan fantasmales apenas después de las ocho, mientras que el alba se rompe previo a que los gallos la anuncien. Ahí, entre los senderos donde otros como tú se han refugiado, son los abetos quienes deciden la hora de guardarse en la casa. Las ramas al viento silban con tales resonancias que la canción de cuna se transforma en amenaza, vaticinando los peores peligros para quien rompa el toque de queda.
No quiero volver a esa celda rural que guardaba para sí el ardor del verano y el frío de la escarcha que se acumulaba en los tendederos, donde la ropa —tan olvidada como nosotros en ese rincón de la existencia— yacía tiesa, igual a si la hubieran descubierto luego de una avalancha, arropando a la nada. Por fuera, ante el espectáculo titilante del resto del mundo, las milpas me recuerdan que hay espacios donde el tiempo no avanza, así como habitantes que no se dan cuenta de su extravío, en vanos intentos de ir y venir a la ciudad y el campo.
No quiero volver, porque las calles empedradas del pueblo aún guardan el eco de mis pisadas a la medianoche, huyendo de la oscuridad que me perseguía al lado del amago de latigazos de las ramas de los abetos, que apenas pude dejar atrás. Árboles u hombres disfrazados de noche, tarde y soledad, en medio de los páramos que clamaban para sí a su mejor víctima.
Pero, sobre todo, no quiero volver ahí, a la que fue tu casa, el lugar donde primero transcurrió mi juventud y después tu lenta muerte, querido padre, bajo el secreto de un cáncer que solo tu cuerpo sabía y que ningún curandero pudo encontrar. No quiero volver desde la ciudad en la que también me persigue la enfermedad innombrable a dar el pésame a tu hogar que no deseo volver a ver como mío, porque ese sitio ya me ha robado bastante.