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Resignificando la ausencia

Anailyn V.

¿Cuál es mi afán de mirar al pasado? Antes de indagar en a quién perdí o la ausencia de un algo, necesito averiguar la necesidad incesante de recordarme algo que ya pasó. Como una persona con ansiedad, tiendo a ir más al futuro, más en frente de lo que todavía no pasa, pero entonces, ¿por qué me pregunto tanto sobre el pasado? ¿Es dolor? ¿Y ese dolor es entonces masoquismo? ¿Disfruto mirar atrás? ¿Qué no hay en mi presente, que me da tanta insatisfacción?

Ausencias personales… ¿No se trata de ti? Esta es la pregunta detonante; quiero llegar a algo más profundo, porque dentro de estas ausencias, lo primero que puedo pensar es en la superficie, pérdidas, la muerte de mi abuelo, por ejemplo, aunque dolorosa y aún la sigo cargando, aprendí a vivir con ello, he aprendido de la muerte en más de un solo sentido, pero entonces, ¿para mí eso es la ausencia? ¿Muerte? Inexistencia dentro de mi realidad y mi presente actual; tengo que matar a las personas de manera intrínseca para acabar con el dolor después de su partida, porque he perdido a una gran cantidad de personas a mis cortos (o para mí) muchos 25 años en este planeta, pero solo he enterrado a uno.

Si retomamos la muerte como ausencia desde mi resignificación, terminamos con múltiples asesinatos inexistentes en el mundo real, pero hechos en mi mente. Maté a mi mejor amiga hace ya 4 años, el día en que la depresión la consumió, tanto como para casi acabar con su existencia llevándome de la mano. Aquel día, por primera vez en mi vida, fui consciente del irremediable hecho: no podía salvar a todo el mundo, aun cuando eso significara perderla para siempre. Maté a mis abuelos hace 5 años cuando decidieron callar el secreto de familia, uno del cual yo decidí alzar la voz, pero jamás se me hará justicia. Maté a mi primer amor hace 6 años, después de recibir cinco puñaladas al corazón sangrante, pero latiente por su incesable narcisismo y manipulación; la lista podría avanzar, una tras otra persona, muerte, ausencia, pero sigue siendo la superficie.

Pero si no se trata de ti, no se trata de ninguno de ellos; siempre se trató de mí, porque en todas y cada una de esas personas dejé un pedazo de mí. En cada muerte, yo también morí con ellos, no siempre desde la gloria, ni como un maravilloso fénix podría hacerlo, de las cenizas para ser alguien o algo mejor de lo que fue, muriendo y renaciendo de un interminable bucle que nunca quise iniciar, pero era eso o morir en el mundo real.

Jamás he considerado la muerte como el final, o un miedo terrorífico al cual nadie quiere enfrentarse; en realidad, pienso en ella como una etapa, un suceso del cual nadie puede escapar; es aprender a vivir con que algún día pasará.

¡¿QUÉ ME DA TANTO MIEDO DESCUBRIR?! ¿Admitir que me perdí? Lo peor de todo sería que lo permití, permití que mataran partes de mí, me quedé inmóvil dejando que cruzaran cuchillos y cuanta arma pudiera hacerme daño sin decir nada; parece ridículo, ¿quién no se quitaría después de una puñalada, después de un golpe? ¿Después de una herida interna sangrante y agonizante?

Supongo que lo primero que debí hacer era protegerme, irme, correr o al menos gritar, lo que sea, todo menos quedarme en ese mismo lugar donde los ataques sucedían; ni siquiera me inmuté, ni siquiera me encogí a llorar de dolor, no, empecé a sufrir cuando se fueron, cuando los solté; tenía miedo a sentirme perdida, a quedarme sola con mi oscuridad, porque eso era todo lo que quedaba después de haberles entregado todo.

Siempre estuve ausente de mi presente, de mi realidad, viviendo entre el pasado y el futuro, todo este tiempo solo porque quería sentir; tuve ausencia del sentir. El dolor lo conocía, sabía cómo se sentía, pero necesitaba más para saber que existía, porque yo era mi propia ausencia.

Estaba muerta, era un fantasma que solo existía y cobraba vida a través de los recuerdos de los demás, no tenía existencia propia, porque no me pertenecía.

Toqué el fondo; no estoy diciendo que existía a través del dolor o del sufrimiento que terceros me causaron, pero sí existía a través de ellos, a través de sus vidas, por eso dolía. Si no estaban, sentía que dejaba de existir, era invisible de nuevo; el hecho de que ellos me notaran por medio del daño que me causaban me recordaba mi existencia.

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