
Un desafortunado mar negro
Paulina Ugarte
I
El atropello de los días corre sin fin.
Encontré un pájaro muerto.
No tenía ventanas, no podía ver que su alma ya se había ido,
que no me hipnotizarían sus ojos sin vida,
y me convencerían de una sentencia definitiva y fatal:
yo estaba muerta también.
Sin embargo, el río corrió,
y me encontré sentada mirándolo,
esperando que le creciera una cabeza;
esperaba un amigo que me acompañara en la muerte.
Pero él estaba muerto,
las palabras no habían llegado a la orilla.
El mensaje había muerto.
Yo también.
El asfalto parecía la prisión más acogedora.
Sabía que ya no podía ir más abajo.
Que este piso era el final.
Ayer escribí que me estaba desprendiendo,
el pájaro en el pavimento me muestra que es verdad.
Que me estoy despedazando.
Los días también se desprenden,
dejando vacíos, tiempos sin espera.
Mi cuerpo se desprende,
y todo lo demás, se desprende con él.
Hasta que ya no queda nada.
Ni siquiera un suspiro.
II
El nudo que me trajo aquí se había desprendido.
Tomó camino en otro cuerpo de agua salada.
Como sacada de una pesadilla,
veía mis sueños convertirse en infinitos mares negros
volcándose sobre mí;
el ahogamiento de mi alma.
III
Me habitaba una desafortunada desgracia.
Una casa que había nacido en mi vientre en los días grises de mayo.
Con mi corazón de alfileres, punzante comenzó a caminar
por los hilos del tiempo,
buscando otro vientre donde habitara una casa.
Buscaba otro desafortunado evento,
enloquecida por los hilos que seguían apareciendo,
atravesando mi vientre,
pasando por cada orificio de la casa.
La casa que recordaba se marchitaba.
Lo que alguna vez fue una desgracia me había
-ahora reconozco-
colmado de gozo.
Por fin en mí había una estructura que,
como yo,
sangraba.
En las paredes veía las huellas de la última caminata,
pasos incontables
sin dirección,
ni comienzo.