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Visitante de Infrared

Ameyalli Y. Yánez M.

Detrás de la pantalla, en un espacio diferente, existe aún el abrazo y las risas en la noche de Navidad. La historia preservada en fotos, ordenada por fecha. Persiste, como las ganas de seguir escribiendo que somos cuatro y no tres, o contestar que estoy bien aunque a veces no tanto.

Ese hilo conductor construido por recuerdos es un universo aparentemente inalterable e intocable por el tiempo; solo desaparecerá por el óxido o el apocalipsis; y el alma se mudará a otro servidor. Ceros y unos. Ese uno que falta en la familia.

Empezó con un ábaco, la necesidad de contar, cálculos matemáticos y un lenguaje único entre humano-máquina. Fue necesaria la evolución de las computadoras, toda la historia de invención, para dejar un recuerdo intacto en mi galería y su nombre en mi lista de contactos. Años de programación que decantan en el momento en que yo desbloqueo el teléfono para poder vislumbrar “Yolanda” en la pantalla. Nunca la guardé con el parentesco, siempre con esas siete letras.

La primera regla de Infrared: nunca borrarlo aunque ya falleció. Debe mantenerse intacto en la interfaz el mismo contacto y número. Quién sabe quién esté del otro lado al llamar, pero mientras la voz no responda, sigue perteneciendo a mamá. Abro el chat, me veo tentada a escribir, una simple interacción, un “hola”. El teclado se queda abierto hasta que el mundo se apaga; la pantalla se bloquea.

Como mi trabajo se trata de estar en la computadora, es difícil ignorar la existencia de ese otro lugar. Me aburro de teclear, cambio de plataforma, miro fotos de extraños y sus celebraciones aún vigentes. Huyo mediante el scroll infinito, deslizo hasta llegar a donde estamos los otros. Los que ya no hacemos nada el 10 de mayo ni compramos regalos en junio o agosto, o quizá el 14 de febrero, los que dejamos de celebrar. Esto es Infrared, donde habitamos junto a los cyborgs y las fotos que con IA se vuelven nuevos recuerdos. Rostros serios en fotos son transformados a sonrisas instantáneas y dos personas inicialmente hombro a hombro, ahora se abrazan con amor. En Infrared están también, escondidos en comentarios diversos, cartas anónimas y posts que confiesan lo mucho que extrañamos a los que ya no están. El consuelo a veces viene de la mano de nuevos habitantes, agentes de datos que tienen el rostro de un difunto, pero que ahora crean memoria. Todos eventualmente nos volvemos condicionales, variables y constantes: código. Información que devolverá esperanza a las peticiones que llegan por decenas mediante la orden: “Recreando esta foto, haz que estemos juntos de nuevo”.

Mientras escribo, vuelvo a la infancia, el álbum grande y gris en casa de la abuela. Fotos reveladas, ya amarillas y llenas de polvo. Todas con rostros que casi no reconozco. Impresas. Antes, la primera habitación de un recuerdo era un cilindro con negativos. Se necesitaba un estudio, un cuarto oscuro, pagar una cantidad y las fotos se revelaban. Ocupaban un espacio real en las manos, y venían, a veces, por bonche. La mayoría de las fotos con mamá ahora están almacenadas en la nube, bits. Fotos del viaje a San Miguel, de cuando nos volvimos amigas, de la enfermedad. A sus pies, mi otro dolor, mi pequeña Fio recostada en la cama de una forma graciosa. Guardiana de mamá, en algún lugar.

Sin álbumes de papel, no me queda mucho de esos años pre pandemia. Cinco o seis fotos que imprimí para colgarlas en mi casa. Lo demás, recuerdos digitales, textos que no he dejado de escribir y mi reconciliación con la muerte. Además de mi testimonio mental que guardo para el reencuentro místico.

Han pasado algunos años. A veces, ya no reconozco mi rostro. En casa las cosas han cambiado, ya no hay el mismo espacio y la ropa de ella ya será de alguien más. Excepto por ese saco morado que guardo en mi cuarto y el pants que se llevó mi hermana. En el buró, un labial dorado que nunca usaré. Por otro lado, en infrared, la casa construida en 20 MB de memoria se mantiene igual. Eventualmente, la visito. Depende mucho de la fecha, un aniversario, una festividad, un 10 de diciembre. Abro el chat.

“Te extraño”.

Se apaga la pantalla.

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